La vida del paria

Tras dos semanas y unos días, es de rigor pararse un instante y hacer un pequeño balance de este enésimo inicio de nueva vida, esta vez en la tierra que cariñosamente, o no tanto, conocemos como la jodida Pérfida Albión.

Y que mejor momento para ello que hacerlo un viernes por la noche, 1:07 de la mañana, habiendo llegado hace escasa media hora a casa y después de haber trabajado diez horas casi seguidas aguantando a la más variada de las calañas. Y por ende con los ánimos por los suelos y un humor de perro bulldog con bombín inglés y cara de cabrón.

Mañana acaba mi periodo de prueba en el restaurante donde trabajo. Bien. Han sido dos semanas esforzándome bastante para aprenderme el menú, con palabras inglesas y asiáticas de las cuales al principio no entendía ni papa. Que si Kwau Tae Mee, meegorengs y nasigorengs, pak choy, coriander, turmeric  o apron que viene a ser el delantal. Ya ves tú qué cosas.

Y entre tanto yo aquí con un curriculum que dirían “fake”, es decir, más falso que una moneda de 73 peniques, rezando porque se retrase lo máximo posible el día que me manden hacer un mísero café. Sí amigos, así de triste puede llegar a ser la vida. Joder. Si ni sabía cortar las rodajas de lima y naranja en condiciones.

Pues bien, llega hoy un indio de nombre impronunciable que tengo por jefe, o mejor dicho, “operations manager”, como se me presentó el muy pedante y me dice que estoy como en sueños y que espabile. Gilipollas.

Y es que es lo que tiene ser un paria en esta perversa tierra de piratas mancos. Que te tienes que callar la boca y apechugar. Así que media sonrisa, – ok, intentaré hacerlo mejor- y a otro tema. Serás imbécil.

Entre mis cometidos varios de español/empanado/barman/camarero, había uno al que también tenía pánico. Y no era otro que el de coger el teléfono para anotar pedidos de comida para llevar. Sí mis queridos y apreciados lectores, una cosa como esta, tan fútil e insustancial, se convierte en un problema si la persona que está al otro lado de hilo telefónico es un inglés de acento marcado, que a partir de ahora denominaremos como un hijo pródigo de la Gran Bretaña. Una odisea telefónica digna de un gag de otro de los nativos de esta tierra como fue Benny Hill.

Ponerse en situación. Música Benny Hill. Tiriti tiroriroriroriroriro riroriroriroriroriro rí…. Suena el teléfono, Yes, Banana Tree (nombre del restaurante) How can i help you? Todo ello con un acento inglés de Chiclana, que el que va ha hacer el pedido no sabe si ha llamado al restaurante o al equivalente inglés del centro reto. Y a partir de ahí una sarta de palabrejas de las cuales uno va entendiendo lo que puede y al final si tiene anotado el pedido se puede dar con un canto en los dientes.

Hoy, por ejemplo llamó una mujer, pero esta vez no tenía acento inglés sino italiano. Alegría momentánea, hasta empezar a hablar con ella y darme cuenta de que entendía siquiera menos que con un británico. Y encima la oigo decir a la muy figlia di puttana – Non mi capisce e un spagonolo – con un resquemor muy de la toscana. Lo que hay que aguantar, my fucking God.

Y así se pasan los días y las tardes, entre sonrisas obligadas a los clientes, que si thank you very much, aunque haya sido un cliente de mierda que te mira por encima del hombro, que si have a nice evening, aunque no te importe una mierda lo que le pase cuando salga del restaurante y tal y cual.

Pero no todos son malos. La comedia me llama a generalizar, pero la verdad que hay gente simpática, comprensiva y que hasta deja propina. Aunque yo por estar en prácticas todavía no veo un penique. Que vida más triste.

Y terminaré comentando lo que sin ninguna duda es lo peor de estar aquí en está pérfida tierra de cielos grises. No es el tiempo, no. Ni las caras largas prepotentes que te miran con aires de superioridad. Ni los jefes indios pedantes, ni los acentos ingleses imposibles tampoco. No.

Lo peor de todo, queridos amigos y amigas, es que en dos semanas y unos días aquí, me he tenido que afeitar más que en los últimos tres o cuatro años de mi vida, o incluso más.

Mi barba, esa exuberante dama, que asoma cada mañana por los poros de mi cutis y que con la mayor de las penas tengo que hacer desaparecer entre crueles pasadas de baratas cuchillas de usar y tirar. Una herejía que no sé si algún día me podré llegar a perdonar.

Y eso es todo hasta la fecha.

Esto que llamamos vida va pasando semana tras semana y uno se sigue preguntando cada mañana por qué cojones se ha tenido que venir aquí para aguantar tanta mierda.

Pero bueno. Todo sea poner el ambientador y aguantar. Porque nadie dijo que la vida del paria fuera fácil.


No english translation for this one. Too late and to tired.

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