Una hoja en blanco

Miro una hoja en blanco. Temeroso y embelesado. Concentrado en el vacío de mi mente. Persiguiendo palabras que se escapan y se esconden detrás de muros de incertidumbre, tímidas y pesarosas de mostrarse como tales. Bien porque vienen crudas y tal como son, dispuestas a hacer sangrar algún que otro oído que las oiga o a provocar lágrimas saladas que caerán en océanos de envidias y propias dudas. O bien porque vienen vacías, insulsas y no tienen ningún significado.

Sigo mirando una hoja en blanco. Tenso y callado. Apabullado ante imágenes nebulosas que vienen y van y en el camino dejan rastros de recuerdos que aún hoy es difícil olvidar. Desiertos de experiencias cubiertas de arena que vientos misteriosos arrastran hasta algún rincón ilocalizable del cerebro y por un breve instante se vuelven nítidas y claras, para a continuación volver a ser enterradas entre las dunas de la memoria.

Una hoja en blanco que continúa ahí, frente a mis ojos. La miro fijamente y me introduzco en ella. Una inmensa soledad me rodea y hace que de improviso me encuentre frente a un espejo, siendo el fruto del análisis de mi propia conciencia. La imagen es clara: soy perfectamente imperfecto.

Se alivian las tensiones al darme cuenta de ello. Miro a mi izquierda  y veo una postal con una pintura del cielo. Trazos de azul y blanco, vaivenes de un pincel ciego que por alguna desconocida razón ahora mismo cuelgan de la pared.

Rompo los pliegues de las nubes y me escabullo agarrándome de los bordes, yendo a parar a una habitación donde puedo observarme a mí mismo, contemplando exhausto como mis dedos teclean sin motivo frases que llegan de territorios extraños y desconocidos.

Miro por la ventana y veo que ha anochecido.

Y no me sorprendo.

Pues bajo las altas bóvedas del tiempo

ya nada tiene sentido.

I stare at a blank sheet. Fearful and enthralled. Concentrate on the emptiness of my mind. Chasing words that escape and hide behind walls of uncertainty, shy and sorrowful to appear as such. Either because they come raw, as they are willing to do occasional bleeding ear or cause salty tears falling into oceans of envy and self-doubt.  Or just because they come empty, vapid and have no meaning.

I keep staring at a blank sheet. Tense and silent. Squashed by fogy images that come and go and in their way out leave traces of memories that are still hard to forget. Deserts of sand-covered experiences that mysterious winds drag to some unreachable corner of the brain and for a brief moment they become crisp and clear, to then be re-buried in the dunes of memory.

A blank sheet that is still there, in front of my eyes. I stare at it and suddenly I introduce myself into it. An immense loneliness surrounds me and suddenly I find myself in front of a mirror, being the product of the analysis of my own conscience. The picture is clear: I am perfectly imperfect.

Stress is relieved when I realize it. I look to my left and see a postcard with a picture of the sky. Blue and white strokes. Swings of a blind brush that for some unknown reason are now hanging on the wall.

I break the folds of the clouds and I slip out of it grabbing the edges, ending up in a room where I can look at myself, looking exhausted as my fingers type without reason phrases coming from strange and unknown territories.

I look out the window and I see that it’s already dark.

And I am not surprised.

Since under the high vaults of time

nothing makes sense.

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