La vida triste y cómica

Para empezar: sí, he vuelto a los inicios. Aquellos años locos cuando la vida sabía a cerveza y entre trago y trago (y fueron muchos) se me ocurrió abrir un blog para ir contando aventuras. Y ante la escasez manifiesta de ocurrencias para darle un nombre, finalmente opté por el mítico “Aclarando la mente”, que era por aquel entonces lo que trataba de hacer, tratar de esclarecer los caminos por donde ir tirando (si se quiere decir así), y lo que sigo haciendo hoy en día, siete años después.

Me acordé el otro día que durante el verano, uno de esos inmundos días de trabajo en la fábrica para ganarme unos cuartos, un compañero de mi padre me preguntó si seguía escribiendo “el… ¿cómo se llamaba?… sí hombre, el blog ese tuyo… Aclarando la mente, coño”. Y me di cuenta que el nombre incluso había llegado a tener recorrido. Y por eso hoy, como decía al empezar, vuelvo  a los inicios y este blog se vuelve a llamar así.

Dicho esto, vamos a lo que vamos. La comicidad de lo triste. El heroísmo de espíritu subyacente en todas las desventuras y malaventuras de la vida de los que al final, como decía en algún post anterior, solo le queda a uno reírse y espetar un gran y sagrado “Fuck it”, que lo termina por arreglar todo.

Pinceladas ínfimas y risibles que pasarían totalmente desapercibidas en el devenir del día a día si no fuera por esta manía mía de fijarme en los detalles y tratar de extraer de ellos augurios del destino. Como el otro día sin ir más lejos, caminando el pequeño trayecto matinal que va de la cocina a mi cuarto, con los ojos legañosos y las manos ocupadas con el desayuno, se me fue a caer una tostada en el suelo. Y cuál es mi sorpresa cuando después del oportuno “su puta madre”, miro al suelo y la tostada ha caído por el lado sin untar. Acojonado. No supe que pensar, si era un presagio optimista o pesimista, y luego de camino al trabajo fui fijándome por la calle en referencias que dieran fe de que había entrado en una dimensión alternativa. Pero no, al final todo resultó seguir siendo la misma mierda de siempre.

Otro día, a las santas cinco de la mañana (se dice pronto), camino un día más del curro, crucé la carretera y vi el cadáver de un zorro, aplastado en el medio de la calzada, que parecía que se me quedaba mirando, aunque puede ser que el que se quedara mirando a él fuera yo. En fin, que me dio por pensar en ese detalle de la biografía del gran Jim Morrison, que dice que cuando era niño vio como acababan de atropellar a un indio en algún lugar del desierto americano y que el espíritu del susodicho se metió en su cuerpo, acompañándole desde entonces hasta su muerte en una bañera parisina a los 27 años (edad que yo cumplí hace poco). Pensamientos extraños, lo sé.

Mal augurio o no, el caso es que más o menos desde entonces un poste telefónico, o algo que tiene que ver con mi conexión a internet en mi teléfono móvil, se ha averiado en la zona donde vivo y allá como en la edad media, vivo en un mundo analógico, ya que en mi casa no tengo (como diría Enjuto) interneeeeeeé. Y ojo, que por no tener no tengo ni enchufe en el baño y uno se tiene que arreglar con maquinilla eléctrica (que no afeitar) la querida barba en mi habitación, previo acondicionamiento del lugar con papeles de periódico y una palangana llena de agua que me toca llevar del baño al cuarto entre juramentos y, una vez más, los oportunos “su puta madre”.

Y es que bendita casa la mía que no tiene internet pero le sobran arreglos. El otro día llamó a la puerta un gafapasta pelibarbo leñador, que resultó ser el vecino de abajo, preguntando si me había duchado durante las dos horas previas. Extrañado ante tal cuestión finalmente acerté a contestarle que daba la casualidad de que no y entonces el susodicho me vino a contar que le estaba cayendo el diluvio universal en forma de gotera y que intentará no usar el agua hasta la llegada del fontanero. Y así pasé un fin de semana salpicándome los sobacos con agua fría.

Y uno sigue aguantando, estoico, estas cosas que le pasan. Como también cuando la india con la que comparte el piso tuvo la feliz idea de comprarse un helado y ante la falta de congelador, lo metió en el frigorífico, eso sí, subiendo la temperatura al tope y congelando a su paso todos mis tomates cherry, mis mandarinas y hasta mi jodido jamón york. Solo gracias a que hacía escasos días se me había acabado el chorizo no hubo que lamentar un crimen en el vecindario.

En fin, pequeños detalles tocacojoniles de los que al final solo le queda a uno reírse y recitar la plegaria diaria. “Fuck it”.

To begin: yes, I’m back to the beginning. Those crazy years when life tasted to beer and between drinks (and there were many) I happened to open a blog writing my adventures. And given the manifest lack of occurrences to give it a name, I finally opted for the mythical “Clearing my mind” which was, at that time, what I was trying to do, trying to clarify the paths that get by (if you say so), and what I am still trying to do today, seven years later.

I remembered the other day that during the summer, one of those evil days of factory work to earn a few euros, a fellow asked me if I was writing “The … what was its name? … Yeah man, the blog of yours… that Aclarando la mente … fuck “. And I realized that the name had even come to be known. And so today, as I said before, I am back to the beginning and this blog recovers his name.

That said, let’s go. The comic point of view of sadness. The heroism of the spirit underlying all the misadventures and misfortunes that at the end, as I said in a previous post, one only can laugh at and spit a great and holy “Fuck it”, which ends up fixing everything.

And laughable tiny brushstrokes that would pass completely unnoticed if not for this hobby of mine noticing the small details and try find out on them portents of fate. Like the other day when walking my regular morning path that goes from the kitchen to my room, bleary eyes and hands busy with breakfast, a toast landed on the floor. And what is my surprise when after appropriate “fuck fuck fuck”, I look down and I saw the toast dropped on the side without spreads. Terrified. Did not know what to think, if it was an optimistic or pessimistic omen, then later on my way to work I was trying to notice on the street references that I was truly in an alternate dimension. But, in the end it turned out to remain the same old shit.

Another day at holy five o’clock in the morning, again on my way to work, I crossed the road and saw the dead body of a fox, crushed in the middle of the road, which seemed to stare at me, although it actually may be me the one staring at him. Anyway, I got to think about that detail of the biography of the great Jim Morrison, which says that as a child he saw how an old Indian chief was run over somewhere in the American dessert and the spirit of the old chief got into his body, accompanying him from then until his death in a Paris bathtub at age 27 (age I turned recently). Strange thoughts, I know.

Bad omen or not, the fact is that more or less since then a telephone post, or something that has to do with my internet connection on my mobile phone, it has been damaged in the area where I live and there, like in the middle ages, I live in an analog world, because in my house I haven’t got internet. And watch out, I don’t even have a miserable plug in the bathroom and I have to ‘fix’ my beautiful beard in my room, pre-conditioning the place with a bunch of newspapers and a basin full of water I have to take from the bathroom between oaths and, once again, the appropriate “fuck fuck fuck”.

Oh lord my holy fucking house! Doesn’t have internet but is full of things ready to fix. The other day someone knocked to my door. He turned to be my neighbor from downstairs, asking if I had showered in the previous two hours. Surprised at this question I happened to finally answer to him that no, I didn’t take a shower. Then he explained me he had a huge leak in his bathroom and kindly asked me to try not to use the water until the arrival of the plumber. And so I spent a weekend splashing my armpits with cold water.

And one is bearing, stoic, these things that happen to him. As well as the Indian with whom he shares the floor had the happy idea of buying an ice cream and in the lack of freezer, she put it in the fridge, raising the temperature at the top and freezing along all my cherry tomatoes, my tangerines and even my fucking ham. Only because few days before I ran out of chorizo that we had not to regret a crime in my house.

Anyway, small details that at the end one is left laughing at and reciting a daily prayer. “Fuck it.”

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