Echar el ancla y esperar…

Léase con esta música de fondo

Vamos caminando por un paseo que acompaña a las aguas grises y sucias de un canal. Las mismas aguas que en ambas orillas acogen pequeños barcos de formas dispares cuyas chimeneas humeantes dan cuenta de que sus huéspedes tratan de guarecerse de la humedad de estas frías tardes inglesas de invierno.

Más allá, en el otro lado del canal, tierras baldías llenas de rastrojos blancos por la escarcha se expanden hasta un horizonte adornado por torres de fábricas y cables de electricidad. Un antiguo puente de hierro hace de enlace entre ambas orillas y por las vías que alberga, gentes dispares vuelven a casa, después de una jornada más de trabajo en el caótico centro de Londres, en trenes de ventanas iluminadas que pasan chirriando, fugaces.

De repente, en una esquina del paseo, pequeño, coqueto, ajeno al tic-tac perpetuo del reloj, se levanta un edificio de cal blanca cuyo letrero nos invita a echar el ancla y esperar a que algo bueno pase, se entiende, mientras tomas un refrigerio. Entrar en este lugar, cuyo nombre y localización permanecerán secretos, solo dignos de personas que de verdad sepan apreciar sus cualidades místicas, es entrar en un rincón apartado de una memoria arcaica. Es un viaje no sé bien si al pasado o a un futuro pos apocalíptico en el que se han dejado atrás vulgaridades y sandeces innecesarias.

Una oleada de calor proveniente de una chimenea encendida acaricia tu cara, helada por el frío del exterior, dándote la bienvenida. Al momento un rollizo perro blanco viene hacia nosotros moviendo el rabo de lado a lado, alegre de que hayas decidido pararte en su morada. Un perro que a partir de ahora se ha convertido en un fiel amigo y que por ello ha sido doblemente bautizado como Pancho y Salchi. ¡Y qué dicha cuando después descubriremos que Pancho o Salchi es un experimentado prestidigitador que se gana sus merecidos tentempiés realizando elaborados trucos como el de andar a dos patas o tumbarse en el suelo y rodar!

Mientras quedamos anonadados por el ambiente y el contexto, los lugareños asiduos, indiferentes a la tremendamente irreal realidad que les rodea, beben sus cobrizas y pastosas pintas, cada uno concentrado en sus historias, sin darse cuenta de que quizás todos ellos son acólitos, dependientes unos de otros y todos a la vez de esta guarida del tiempo, de procrastinación y de serenidad.

Aquí están todos y no falta nadie. La señora con su maleta llena de gorros y bufandas de chillones colores tejidos por ella misma, que intenta reclamar nuestra atención para que compremos su mercancía y nos explica que ha intentado venderla en los mercados de la ciudad pero que en todos ellos piden pagar primero un tributo concerniente a un inútil seguro quién sabe con qué finalidad más que la de dejar a nuestra interlocutora sin beneficio alguno.

Mientras, pululando de aquí para allá hay un hombre negro que andará por los sesenta años, con su cabeza calva, sus gafas de sol y su impecable traje gris plateado, con uno de esos míticos muñequitos troll de pelos de colores y en punta pegado a la solapa.

También están los herederos de Mad Max, venidos de un futuro sumido en el caos. El primero que parece bastante mayor ya, con su barba blanca cayéndole hasta el pecho, rancio sombrero de ala ancha decorado con recortes de revistas y gabardina larga de lana. El otro con gafas de sol que también cubren el lateral de los ojos, pantalones cortos y por debajo mallas y el pelo con rastras aunque muy probablemente no sean rastras sino mera suciedad acumulada.

Testigo de todo ello desde detrás de la barra es el barman. Una especie de Rosendo de pelos largos, también rayando la edad anciana, con su nariz colorada y estriada que da cuenta de largos años de empinar el codo.

Y no falta ni mucho menos quien para nosotros es sin ninguna duda el protagonista, la estrella, la guinda de este pastel de éxtasis de los sentidos. Un hombre que parecería el más normal de todos si no fuera porque al pasar del tiempo nos damos cuenta de que no habla con nadie. ¿Será sordo? nos preguntamos, pero no, porque percibimos como se balancea al ritmo de la música, que por cierto, es una sucesión de clásicos de rock que constituye la perfecta banda sonora para todo este espectáculo. De repente vemos al paisano escribir en un papel, levantarse y ofrecérselo a uno de los otros personajes, animándolo a que lo lea y dando estridentes y sordas carcajadas al aire. Pero lo mejor está por llegar: el descubrimiento de que su negativa a hablar no es tal y que en realidad es una incapacidad. Vemos como se levanta y con su pinta en una mano y una jeringuilla morada de grandes dimensiones en la otra, se dirige a un rincón frente a nosotros, succiona un tercio de su cerveza con la jeringuilla y se lo inyecta en algún tubo conectado directamente con su estómago. Dejando claro para nosotros y para todo el mundo que la cerveza, amargo elixir de dioses, no es solo digna del sentido del gusto sino que también es un alimento que puede y debe ser administrado aún estando privado de este.

Afuera, el frío sigue arreciando, los trenes chirriantes corriendo y en fin, el tiempo, ese terco hijo de puta, sigue pasando en las calles de Londres y del mundo. Pero no hay que preocuparse demasiado, oh queridos vagabundos sedientos. Pues siempre nos quedará el consuelo de que ahí fuera, camuflados entre los banales edificios de cualquier pueblo o gran ciudad, hay lugares como este, calurosos y místicos, esperando con sus relojes detenidos a ser descubiertos solo por aquellos testigos dignos de su hospitalidad y su magia.

We are walking a road along the dirty gray waters of a canal. The same waters that on both sides of the canal accommodate small and disparate forms boats with smoking chimneys where their guests are trying to shelter from the humidity of these cold British winter evenings.

Beyond, on the other side of the canal, empty lands filled with white stubbles by frost expand to a horizon adorned with factory towers and electricity posts. An old iron bridge is the link between both banks of the canal and on its railways different people come back home after a day’s work in the chaotic central London, in trains with illuminated windows that pass creaking, fleeting.

Suddenly, in a corner of the road, small, cute, oblivious to the perpetual tic-tac of the clock, there is a white building whose sign invites us to drop a metaphoric anchor and hope for something good to happen, while taking refreshment. We enter this place, whose name and location will remain secret, worthy only to people who really know how to appreciate its mystical qualities, and we find a secluded corner of an archaic memory. A journey that I don’t know if is to the past or to a post-apocalyptic future in which vulgarities and unnecessary bullshit have been left behind.

A wave of heat from a burning fireplace caresses your face, frozen by the cold outside, welcoming you. Then a plump white dog comes towards us wagging his tail from side to side, glad because you decided to stand in his place. A dog that from now has become a faithful friend and therefore has been twice named as Pancho and Salchi. And oh what a happiness to discover that Pancho or Salchi is an experienced juggler that earn his well deserved snacks by performing tricks like walking on two legs or rolling over the floor!

While we are amazed by the environment and the context, the regulars, indifferent to the extremely unreal reality around them, drink their coppery and pasty pints, each one of them focused on their own bussiness, not realizing that maybe they are all acolytes, dependent all on each other and all at once in this den of time of procrastination and serenity.

Here they are all and nobody is missing. The lady with her suitcase full of hats and scarves brightly colored knitted by herself, trying to claim our attention to buy their merchandise and explaining how she has tried to sell it in the markets of the city but in all of them they asked her to pay a useless fee concerning an insurance who knows for what purpose more than to leave our interlocutor with no benefit.

While hovering here and there, there is a black man around sixty years old with his bald head, his sunglasses and his impeccable and bright silver gray suit, with one of these mythical troll dolls of colourfull hair attached to the flap.

There are also the heirs of Mad Max, coming from a chaotic future. The first one looks old with his white beard falling to his chest, stale brimmed hat decorated with magazine clippings and long wool coat. The other one with sunglasses that also cover the side of the eyes, shorts and leggings and hair dredges though very probably there are not dredges but merely accumulated dirt.

Witnessing all this behind the bar is the barman. A kind of long hair Rosendo(spanish rockstar), also bordering on old age, with his red and striated nose of hard tipping the elbow over the years.

And of course here is who for us is undoubtedly the star,the protagonist, the cherry on top of this cake of ecstasy for the senses. A man who seems the most normal one of all if it weren’t because over the time we realize that he doesn’t talk to anyone. Is he deaf? we ask ourselves. But no, because we perceive as he sways to the rhythm of the music, which incidentally, is a succession of classic rock songs that forms the perfect soundtrack for this show. Suddenly we see how this guy writes something on a paper, gets up and offers it to one of the other folks, encouraging him to read it with a raucous and deaf guffaw. But the best is yet to come: the discovery that his refusal to talk is not so but actually a disability. We see him getting up with his pint in one hand and a large purple syringe in the other, going to a corner in front of us, sucking a third of his beer with the syringe and injecting it into a tube connected directly with his stomach. Making clear for us and for everybody that beer, bitter elixir of gods, is not only worthy of taste but also a food that can and should be administered even when you are deprived of thi sense.

Outside there, the cold is still raging, trains are still screeching on the railway and time, that stubborn bastard, is still passing by in the streets of London and in the world. But do not worry too much, oh my dear thirsty bums. Because we will always have the consolation that out there, hidden among the banal buildings of any town or big city, there are places like this, warm and mystic, with their clocks stopped and looking forward to be discovered only by those witnesses worthy of their hospitality and magic.

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