El año nuevo de la cabra y el Mekong

Me vienen a la memoria ahora mismo, como chispazos fugaces de lucidez, recuerdos desperdigados en el tiempo de todas aquellas veces que crucé las aguas de grandes ríos o mares, que no muy atrás en el pasado tan sólo eran sueños remotos de aventuras e historias en libros antiguos.

Lo primero que me ha venido a la mente ha sido aquella vez que crucé el estrecho de Magallanes en un ferri, camino a Ushuaia. No tardó mucho en cruzarlo y las vistas no eran portentosas ni mucho menos, pero cruzar esa lengua de agua en los confines del continente americano era para mí una de las primeras fronteras reales (no esas inventadas por los políticos) que me llevaban a un mundo que solo había podido imaginar de pequeño ojeando mapas y escuchando atento las historias de mi tío Alfonso. Seguidamente han aparecido en mi mente imágenes de mí mismo, de pie sobre la proa de un barco oteando de frente el Cabo de Hornos o sentado en una barquita pequeña que bajaba las aguas del río Beni, feliz, mirando montañas verdes cubiertas de selva y papagayos volando en el cielo sobre mí. Y así una sucesión de otras muchas: cruzando en tren un puente sobre las aguas del Mississippi, caminando a pie por el puente de Carlos, en Praga, mirando las aguas del Vltava, o por el puente de la Libertad en Budapest, admirando el Danubio dejar atrás el parlamento y la colina de Buda, o también comiendo un delicioso sándwich de lubina frente al Bósforo en Estambul.

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Y todos estos recuerdos que vienen a alegrarme la mañana no lo hacen ahora por casualidad, sino que vienen motivados por el contexto en el que me encuentro mientas escribo estas líneas: voy sentado en la parte de atrás de un barco estrecho y largo de madera, cuyo motor ruge y exhala cierto olor a gasolina. Tengo frente a mí una ventana por la que puedo ver orillas rocosas que van quedando atrás y más arriba bosques verdes con toques púrpuras que le dan algunos árboles y sobre todo ello un horizonte lejano donde se divisan los relieves oscuros de algunas montañas. Voy bajando lentamente por las aguas del río Mekong, una antigua línea azul zigzagueante pintada en un mapa de un libro de texto que se hace ahora real ante mis sentidos. Una nueva memoria a evocar en el futuro. Un nuevo país: Laos.

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Pero antes de llegar hasta aquí, pasé unos días en Mae Salong, un pueblo de las montañas del norte de Tailandia, muy cerca de la frontera con Myanmar. Un pueblo bastante curioso donde las tribus locales se mezclan con los descendientes de soldados chinos del Kuomintang que llegaron hasta aquí desde el sur de China, tras la llegada del comunismo al país, asentándose en la zona para dedicarse al tráfico de opio. Aquí por lo tanto la mayoría de la población es china y leyendo esto por casualidad hace unos días y teniendo presente que el año nuevo chino era el 19 de Febrero, me fui hasta allá para ver como lo celebraban.

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Y la verdad es que tuve suerte pues llegado al pueblo tras un viaje bastante movido por carreteras de montaña de curvas infinitas, cogí una habitación en un hostal cuyo dueño celebró el año nuevo con una gran cena y whisky abundante para todos los huéspedes. Una noche bastante divertida en la que terminé tomando las uvas con una chica vasca y un chaval barcelonés, ya pasadas las doce, con un vídeo de Ramón García y Ana Obregón de la Nochevieja del ’96. Todo esto mientras los chinos tiraban sus petardos bajo la noche estrellada del nuevo año de la cabra.

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Y así pues, camino de Luang Prabang en este barco, esperando a que sea un poco más tarde para empezar a beber el Lao Lao, el típico whisky de arroz Laosiano, viendo pasar a los costados altas y verdes palmeras y algún que otro pueblo desperdigado por este río de vida y encontrándome feliz de estar una vez más recorriendo lugares que antiguamente solo cabían en mi imaginación, me despido, compañeros y compañeras, hasta la siguiente parada en el camino que me permita contaros que van viendo estos afortunados ojos.

It just comes to my memory right now, as fleeting flashes of lucidity, scattered memories of myself crossing the waters of large rivers or seas, that not far in past were only remote dreams of adventures and stories in old books.

The first thing that comes to my mind is the time I crossed the Strait of Magellan on a ferry on the way to Ushuaia. It did not take long to cross it and the views were not portentous, but crossing it in the confines of the American continent was for me one of the first real borders (not those invented by politicians) who took me to a world that I had only been imagined looking at small maps and listening the stories my uncle Alfonso used to tell me. They have subsequently appeared in my mind images of myself, standing on the bow of a boat just in front of Cape Horn or sitting in a little boat coming down the waters of the Beni River, happy, looking mountains covered by green forest and parrots flying in the sky above me. And so a succession of other many images: myself in a train crossing a bridge over the waters of the Mississippi, walking on foot along the Charles bridge in Prague, watching the waters of the Vltava, or in the Liberty Bridge in Budapest, admiring the Danube leaving behind it the Parliament and the Pest Hill, or eating a delicious bass sandwich while facing the Bosporus in Istanbul.

And all these memories that come to cheer my morning do not happen just by chance, but are motivated by the context in which I find myself right now writing these lines: I am sitting in the back of a narrow and long wooden boat whose engine roars and exhales an odor of gasoline. Before me there is a window through which I can see rocky shores that are left behind slowly and above them green forests with purple touches of some trees and above all a distant horizon where the dark reliefs of some mountains can be seen. I’m slowly going down the Mekong River, an old blue zigzag line painted on a map of a textbook that is now true to my senses. A new memory to remember in the future. A new country: Laos.

But before getting here I spent a few days in Mae Salong, a village in the mountains of northern Thailand, near the border with Myanmar. A curious village where local tribes are mixed with the

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