Durmiendo con Buda

Otra cosa no, pero tiempo para pensar me sobra. Y, pensando, el otro dia vi que la libertad de la que gozo solo se ve restringida por las propias limitaciones que el inconsciente, o vete tú a saber qué, crea. Me di cuenta, repentinamente, de que sin quererlo y aun disponiendo de suficiente tiempo (suficiente hasta donde marque el presupuesto) voy con prisa sin saber porqué.

Supongo que necesito un ancla que me ayude a fondear en el presente y disfrutar del momento ¿Y quién no?

Como el otro día cuando las circunstancias hicieron que durmiera en un templo.

20150307_220350Llegué a Vang Vieng con otras dos chicas con las que había coincidido en la carretera. Vang Vieng, si leéis un poco en internet, es un paraíso de fiesta, alcohol y tubing para los jóvenes mochileros que vienen al sudeste asiático en busca de todo ello. Yo llegue aquí por la inercia del viaje, ya que me olía que no me iba a gustar ni un pelo. Y efectivamente las sensaciones se hicieron realidad: llegar a Vang Vieng fue un proceso de crecimiento prolongado de la ira (por los borrachos y la antipatía de la gente local (imagino que lógicamente provocada por los primeros). Al final, después de una búsqueda de alojamiento de 3 horas en la que todos y cada uno de los hostales estaban completos, acabamos pidiendo refugio en un templo budista de la ciudad.

Y en ese momento lo vi como un alivio y nada más. Alivio de tener un techo que nos protegía de un cielo iluminado por relámpagos lejanos y amenazas de tormenta. Y sin embargo, estaba ahí; solo hacía falta pararse a pensar un momento, durmiendo en un templo budista, hablando o tratando de hablar con monjes laosianos que nos ofrecieron su hospitalidad. Y, finalmente, allí en el suelo, sobre un una manta y un cojín, pasamos la noche.

A las cuatro de la mañana un gong nos despertó y al rato los monjes se reunieron en un templito pequeño adyacente y se pusieron a rezar, cantando, durante una hora. Una hora que pasé ya despierto, o en algún lugar entre el sueño y la realidad, escuchando esos cantos melodiosos destinados a Buda. Y en ese momento, aunque no por completo, me di cuenta de que estaba viviendo una experiencia que sería difícil repetir. Y al día siguiente, ya completamente despierto, deseé repetirlo y dormir en más templos, y conocer más a fondo el contexto y el entorno del día a día local de todo esto.

Ahora estoy en Vientiane, echando de menos el norte de Laos pero con ganas de Sur. Aunque la humedad y el calor agarrotan las ideas y el cuerpo y solo apetece cerveza y sombra. Y bueno, también algún que otro grillo…

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Here I have enough spare time to think. And thinking, I realized the other day that the freedom I enjoy is only constrained by the limitations that my own unconscious, or who know what, creates. I suddenly realized that unwittingly and even having enough time (at least until the budget runs out) I was in a meaningless hurry. I guess I need an anchor to help me stay in the present and enjoy the moment. And who doesn’t?

Like, when the other day, the circumstances made me sleep in a temple.

I arrived in Vang Vieng with two other girls I have met before on the road. Van Vieng if you check out a little bit on the internet is a party, alcohol and tubing paradise for young backpackers who come to Southeast Asia in search for it. I got here just by the inertia of the trip as previously I thought I would not like it. And indeed my feelings came true: reaching Vang Vieng was a process of prolonged growth of anger (by drunk and unfriendly local people (I can imagine that the second is logically caused by the first one) So finally, after 3 hours looking for accommodation and not finding any place as everywhere were full, we ended up asking for refuge in a Buddhist temple in the city.  

And then I saw it as a relief, relief of having a roof over our heads for that night which was threatening with a storm. And yet I was there (just needed to stop a moment and think), sleeping in a Buddhist temple, talking or trying to talk to Lao monks who offered their hospitality. And finally, there, on the floor, on a blanket and a cushion, we spent the night.

At four o’clock in the morning a gong awakened us and then the monks gathered in a small adjacent temple and started praying and singing for one hour. An hour that I spent awake, or somewhere between dreams and reality, listening to those melodious songs for Buddha. And then, although not completely, I realized I was living a unique experience that would be difficult to repeat. And the next day, now fully awake, I wanted to repeat it and sleep in more temples and learn more about the context and environment of the local life.

Now I am in Vientiane, missing the North of Laos but heading to the south tonight. Although this wet and hot weather seize up my ideas and my body and I just want a cold beer and chill out in the shadow. And well, sometimes I also want some crickets…

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