Kioto y los bajos fondos de Osaka

Lo mejor de Kioto es el paseo del río. Sentarse con una cerveza y contemplar las horas del crepúsculo y con ellas a toda esa gente que viene de sacar fotos a los innumerables templos de la ciudad. Y una vez la noche ha llegado, retirarme a mi hostal caminando en soledad por las calles de Gion con la secreta esperanza de ver a una Geisha de camino a una casa de té. Aunque finalmente esa visión se queda en mi imaginación. Mejor así. En mi imaginación todo tiene un deje romántico del que el mundo se está olvidando conforme los tiempos avanzan.

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Por el día asistí al Gion Matsuri, una especie de semana santa a la japonesa mezclada con la cabalgata de los reyes magos.

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20150724_220132Y no faltó la fricada oportuna. Llegar por la noche al hostal y encontrarme con un coreano friki, camiseta metida en el pantalón y este subido más allá del ombligo, jugando con escarabajos gigantes en la habitación. En estas que estoy mirando la lucha encarnizada de los insectos cuando veo un milpiés repugnante corriendo a todo correr por la cama del friki, a lo que le pregunto si también es suyo. El friki, emocionado, lo coge y empieza a jugar con él, permitiendo al bicho asqueroso (y venenoso) correr por su brazo mientras me responde que no es suyo, que debe de ser otro residente de la habitación.

¿Por qué? ¿Por qué no puedo tener un día completamente normal?

 

Ahora mismo me encuentro en Osaka, tumbado en la cama y arropado en la decadencia de días que me sobran.

Ayer salí a dar una vuelta y terminé en los bajos fondos de la ciudad y en su barrio rojo. Nada que envidiar al de Ámsterdam. Calles oscuras iluminadas con faroles típicos japoneses de papel llenas de casas con portales abiertos en las que muchachas de buen ver (de muy buen ver) disfrazadas, unas de enfermeras, otras de sirvientas, te miran con pupilas que esconden mundos de placeres prohibidos. Miradas peligrosas para las almas de baja autoestima. Geishas del siglo XXI. A su lado, ancianas de caras arrugadas ofrecen a los transeúntes los servicios de sus protegidas.

Un poco más allá hay calles sotechadas repletas de ‘bares’ bastante sospechosos en los que ancianos, probablemente cansados de la soledad, aparcan sus penas sentados en taburetes oxidados, bebiendo sake mientras atienden a las cándidas palabras de las muchachas jóvenes que sirven las rondas detrás de la barra. En algunos garitos se ve al anciano cantando viejas canciones de karaoke, micrófono en mano, mientras que en otros son las mozas de barra las que cantan ante las miradas lascivas de los clientes.

 

Para mí ya es hora de salir de esta nube rara que envuelve Japón y que me hace no estar seguro de sí fue una buena idea el haber venido. Mañana tengo un vuelo de vuelta al sudeste asiático…

The best of Kyoto is the river walk. To sit down there with a beer and to watch the twilight hours with all those people coming back with their cameras full of pictures of the many temples of the city. And once the night has come, I go to my hostel walking alone through the streets of Gion in the secret hope of seeing a Geisha in her way to a tea house. But that vision finally remains in my imagination. Better that way. In my mind everything has a romantic touch that the world is forgetting with the time passing by.

During the day I saw the Gion Matsuri, kind of a mixed parade between a carnival and the Easter.

And of course I could not miss the rarity of the day. Arriving at night to the hostel I met a geek Korean, shirt tucked in his pants and this turned up beyond the navel, playing with giant beetles in the room. I was looking at the fierce struggle of the insects when suddenly I saw a disgusting centipede running at full speed on the geek’s guy bed. So I asked him if it was also his pet. Then the guy, excited, picked the centipede up and started playing with it, allowing the nasty (and poisonous) bug run down his arm and saying to me, “no, is not mine, it must be another resident of the room”.

Why? Why I cannot have a completely normal day?

Right now I am in Osaka, lying in bed, wrapped in the decay of left over days.
Yesterday I went for a walk and ended up in the slums of the city and its red light district, which has nothing to envy to Amsterdam. Dark streets lit by traditional Japanese paper lanterns full of houses with open halls where good-looking girls (really good-looking) disguised, some as nurses, some as maids, look at you with eyes that hide a world of forbidden pleasures. Dangerous glances for the souls of low self-esteem. Geishas of XXI century. Beside them, old women of wrinkled faces offer to the nightwalkers the services of their protégée.

A little further there are roofed streets filled with quite suspicious ‘bars’ in which elderly men, probably tired of loneliness, forget their sorrows sitting in rusty stools, drinking sake while attending the candid words of the young girls serving rounds behind the bar. In some bars you can see the old men singing karaoke songs from the past, microphone in hand, while in others the bar girls sing before the lascivious looks of the customers.

For me it’s time to get out of this rare cloud that envelops Japan and makes me to be unsure about if coming here was a good idea. Tomorrow I have a flight back to Southeast Asia…

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