Categoría: Londres

Gracias Londres. Nos vemos

¿Cómo explicarlo? ¿Cómo intentar plasmar en papel ese estremecimiento de emoción, ese subidón de adrenalina interior, ese volver a darte cuenta de que eres libre, de que no hay ataduras, de que puedes hacer lo que te venga en gana y el momento es ahora y por ende lo vas a hacer? ¡Y qué sensación! ¡Qué jodida sensación de felicidad! La gente no se da cuenta de ello porque la monotonía y el miedo les tienen atados al sofá. Pero señores, dejadme deciros que esas cuerdas son de papel y se pueden romper fácilmente. Tan sólo es necesario algo de impulso.

Por otra parte, sobre este océano agitado de bienestar golpean algunas olas tristes de melancolía. Una vez más decir adiós, o un incierto hasta luego, a gente que ha merecido mucho la pena llegar a conocer y de volver a ver. Otra etapa más que se cierra en este viaje a todo trapo por la veintena.

Pero no me puedo parar ahora, aún no. Me niego. Quiero seguir corriendo tras ese horizonte lejano que no creo que llegue a alcanzar jamás pero que estoy disfrutando mucho persiguiendo. Cuando el sol se ponga no me conformo con ser una estrella lejana y estática, sino que preferiría que me comparen con una estrella fugaz que no se detuvo en la oscuridad. “Demasiado extraño para vivir, demasiado raro para morir”, como diría el Doctor.

En fin, voces exóticas de tierras lejanas me susurran al oído promesas de libertad y me tengo que poner guapo para la cita.

Gracias Londres. Nos vemos.

How to explain it? How to try to capture on paper that shudder of excitement, that rush of inner adrenaline, that realizing one more time that I am free, that there are no strings, that I can do whatever I want to and the time is now and thus I am going to do it? And what a feeling! What a fucking sense of wellbeing! People do not realize it because the monotony and fear tie them to the couch. But ladies and gentlemen, let me tell you that these strings are made of paper and can be easily broken. You only need some impulse.

On the other hand, there are some sad waves of melancholy breaking in this ocean of satisfaction. Say goodbye once again, or an uncertain see you later, to people whom it was really worth to meet and to see again. Another closed stage in this trip at full speed through the twenties.

But I cannot stop now, not yet. I refuse to do so. I want to continue running after that distant horizon I don’t think I’ll ever reach, but I’m really enjoying chasing. When the sun will set I will not be satisfied being just a distant and static star, but rather I would like to be compared with a shooting star that did not stop in the dark. “Too weird to live, too rare to die”, as the Doctor would say.

Anyway, exotic voices from distant lands whisper in my ear promises of freedom and I have to go and get dressed for this date.

Thanks London. See you

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Echar el ancla y esperar…

Léase con esta música de fondo

Vamos caminando por un paseo que acompaña a las aguas grises y sucias de un canal. Las mismas aguas que en ambas orillas acogen pequeños barcos de formas dispares cuyas chimeneas humeantes dan cuenta de que sus huéspedes tratan de guarecerse de la humedad de estas frías tardes inglesas de invierno.

Más allá, en el otro lado del canal, tierras baldías llenas de rastrojos blancos por la escarcha se expanden hasta un horizonte adornado por torres de fábricas y cables de electricidad. Un antiguo puente de hierro hace de enlace entre ambas orillas y por las vías que alberga, gentes dispares vuelven a casa, después de una jornada más de trabajo en el caótico centro de Londres, en trenes de ventanas iluminadas que pasan chirriando, fugaces.

De repente, en una esquina del paseo, pequeño, coqueto, ajeno al tic-tac perpetuo del reloj, se levanta un edificio de cal blanca cuyo letrero nos invita a echar el ancla y esperar a que algo bueno pase, se entiende, mientras tomas un refrigerio. Entrar en este lugar, cuyo nombre y localización permanecerán secretos, solo dignos de personas que de verdad sepan apreciar sus cualidades místicas, es entrar en un rincón apartado de una memoria arcaica. Es un viaje no sé bien si al pasado o a un futuro pos apocalíptico en el que se han dejado atrás vulgaridades y sandeces innecesarias.

Una oleada de calor proveniente de una chimenea encendida acaricia tu cara, helada por el frío del exterior, dándote la bienvenida. Al momento un rollizo perro blanco viene hacia nosotros moviendo el rabo de lado a lado, alegre de que hayas decidido pararte en su morada. Un perro que a partir de ahora se ha convertido en un fiel amigo y que por ello ha sido doblemente bautizado como Pancho y Salchi. ¡Y qué dicha cuando después descubriremos que Pancho o Salchi es un experimentado prestidigitador que se gana sus merecidos tentempiés realizando elaborados trucos como el de andar a dos patas o tumbarse en el suelo y rodar!

Mientras quedamos anonadados por el ambiente y el contexto, los lugareños asiduos, indiferentes a la tremendamente irreal realidad que les rodea, beben sus cobrizas y pastosas pintas, cada uno concentrado en sus historias, sin darse cuenta de que quizás todos ellos son acólitos, dependientes unos de otros y todos a la vez de esta guarida del tiempo, de procrastinación y de serenidad.

Aquí están todos y no falta nadie. La señora con su maleta llena de gorros y bufandas de chillones colores tejidos por ella misma, que intenta reclamar nuestra atención para que compremos su mercancía y nos explica que ha intentado venderla en los mercados de la ciudad pero que en todos ellos piden pagar primero un tributo concerniente a un inútil seguro quién sabe con qué finalidad más que la de dejar a nuestra interlocutora sin beneficio alguno.

Mientras, pululando de aquí para allá hay un hombre negro que andará por los sesenta años, con su cabeza calva, sus gafas de sol y su impecable traje gris plateado, con uno de esos míticos muñequitos troll de pelos de colores y en punta pegado a la solapa.

También están los herederos de Mad Max, venidos de un futuro sumido en el caos. El primero que parece bastante mayor ya, con su barba blanca cayéndole hasta el pecho, rancio sombrero de ala ancha decorado con recortes de revistas y gabardina larga de lana. El otro con gafas de sol que también cubren el lateral de los ojos, pantalones cortos y por debajo mallas y el pelo con rastras aunque muy probablemente no sean rastras sino mera suciedad acumulada.

Testigo de todo ello desde detrás de la barra es el barman. Una especie de Rosendo de pelos largos, también rayando la edad anciana, con su nariz colorada y estriada que da cuenta de largos años de empinar el codo.

Y no falta ni mucho menos quien para nosotros es sin ninguna duda el protagonista, la estrella, la guinda de este pastel de éxtasis de los sentidos. Un hombre que parecería el más normal de todos si no fuera porque al pasar del tiempo nos damos cuenta de que no habla con nadie. ¿Será sordo? nos preguntamos, pero no, porque percibimos como se balancea al ritmo de la música, que por cierto, es una sucesión de clásicos de rock que constituye la perfecta banda sonora para todo este espectáculo. De repente vemos al paisano escribir en un papel, levantarse y ofrecérselo a uno de los otros personajes, animándolo a que lo lea y dando estridentes y sordas carcajadas al aire. Pero lo mejor está por llegar: el descubrimiento de que su negativa a hablar no es tal y que en realidad es una incapacidad. Vemos como se levanta y con su pinta en una mano y una jeringuilla morada de grandes dimensiones en la otra, se dirige a un rincón frente a nosotros, succiona un tercio de su cerveza con la jeringuilla y se lo inyecta en algún tubo conectado directamente con su estómago. Dejando claro para nosotros y para todo el mundo que la cerveza, amargo elixir de dioses, no es solo digna del sentido del gusto sino que también es un alimento que puede y debe ser administrado aún estando privado de este.

Afuera, el frío sigue arreciando, los trenes chirriantes corriendo y en fin, el tiempo, ese terco hijo de puta, sigue pasando en las calles de Londres y del mundo. Pero no hay que preocuparse demasiado, oh queridos vagabundos sedientos. Pues siempre nos quedará el consuelo de que ahí fuera, camuflados entre los banales edificios de cualquier pueblo o gran ciudad, hay lugares como este, calurosos y místicos, esperando con sus relojes detenidos a ser descubiertos solo por aquellos testigos dignos de su hospitalidad y su magia.

We are walking a road along the dirty gray waters of a canal. The same waters that on both sides of the canal accommodate small and disparate forms boats with smoking chimneys where their guests are trying to shelter from the humidity of these cold British winter evenings.

Beyond, on the other side of the canal, empty lands filled with white stubbles by frost expand to a horizon adorned with factory towers and electricity posts. An old iron bridge is the link between both banks of the canal and on its railways different people come back home after a day’s work in the chaotic central London, in trains with illuminated windows that pass creaking, fleeting.

Suddenly, in a corner of the road, small, cute, oblivious to the perpetual tic-tac of the clock, there is a white building whose sign invites us to drop a metaphoric anchor and hope for something good to happen, while taking refreshment. We enter this place, whose name and location will remain secret, worthy only to people who really know how to appreciate its mystical qualities, and we find a secluded corner of an archaic memory. A journey that I don’t know if is to the past or to a post-apocalyptic future in which vulgarities and unnecessary bullshit have been left behind.

A wave of heat from a burning fireplace caresses your face, frozen by the cold outside, welcoming you. Then a plump white dog comes towards us wagging his tail from side to side, glad because you decided to stand in his place. A dog that from now has become a faithful friend and therefore has been twice named as Pancho and Salchi. And oh what a happiness to discover that Pancho or Salchi is an experienced juggler that earn his well deserved snacks by performing tricks like walking on two legs or rolling over the floor!

While we are amazed by the environment and the context, the regulars, indifferent to the extremely unreal reality around them, drink their coppery and pasty pints, each one of them focused on their own bussiness, not realizing that maybe they are all acolytes, dependent all on each other and all at once in this den of time of procrastination and serenity.

Here they are all and nobody is missing. The lady with her suitcase full of hats and scarves brightly colored knitted by herself, trying to claim our attention to buy their merchandise and explaining how she has tried to sell it in the markets of the city but in all of them they asked her to pay a useless fee concerning an insurance who knows for what purpose more than to leave our interlocutor with no benefit.

While hovering here and there, there is a black man around sixty years old with his bald head, his sunglasses and his impeccable and bright silver gray suit, with one of these mythical troll dolls of colourfull hair attached to the flap.

There are also the heirs of Mad Max, coming from a chaotic future. The first one looks old with his white beard falling to his chest, stale brimmed hat decorated with magazine clippings and long wool coat. The other one with sunglasses that also cover the side of the eyes, shorts and leggings and hair dredges though very probably there are not dredges but merely accumulated dirt.

Witnessing all this behind the bar is the barman. A kind of long hair Rosendo(spanish rockstar), also bordering on old age, with his red and striated nose of hard tipping the elbow over the years.

And of course here is who for us is undoubtedly the star,the protagonist, the cherry on top of this cake of ecstasy for the senses. A man who seems the most normal one of all if it weren’t because over the time we realize that he doesn’t talk to anyone. Is he deaf? we ask ourselves. But no, because we perceive as he sways to the rhythm of the music, which incidentally, is a succession of classic rock songs that forms the perfect soundtrack for this show. Suddenly we see how this guy writes something on a paper, gets up and offers it to one of the other folks, encouraging him to read it with a raucous and deaf guffaw. But the best is yet to come: the discovery that his refusal to talk is not so but actually a disability. We see him getting up with his pint in one hand and a large purple syringe in the other, going to a corner in front of us, sucking a third of his beer with the syringe and injecting it into a tube connected directly with his stomach. Making clear for us and for everybody that beer, bitter elixir of gods, is not only worthy of taste but also a food that can and should be administered even when you are deprived of thi sense.

Outside there, the cold is still raging, trains are still screeching on the railway and time, that stubborn bastard, is still passing by in the streets of London and in the world. But do not worry too much, oh my dear thirsty bums. Because we will always have the consolation that out there, hidden among the banal buildings of any town or big city, there are places like this, warm and mystic, with their clocks stopped and looking forward to be discovered only by those witnesses worthy of their hospitality and magic.

Pequeña licencia

Allí estaban, recorriendo caminos que les llevaban de bar en bar, bebiendo con sorbos despreocupados en compañía de otros exiliados forzosos, olvidando las amarguras y ofreciendo sonrisas a la vida. Porque el único futuro, al menos esa noche, era el próximo lugar donde parar a calmar la sed, una sed milenaria de aventuras y desapegos y guiños y amor y sexo que se calmaría un poco más con el siguiente sorbo de cerveza.

Vagabundos en una noche iluminada, con todos los sentidos detenidos excepto el del olfato,  tan solo pudiendo y queriendo oler el atractivo perfume de los misterios desconocidos que están por venir e ignorando voluntariamente y por completo cualquier resaca de un mañana que aún no existía y quién sabe si existiría jamás. Pues no hay peor resaca que la de despertarte sabiendo que el día anterior perdiste una gran oportunidad.

Y por todo ello seguían recorriendo las calles: bebiendo, riendo, amando y olvidando en aquella ciudad que les iluminaba con sus luces brillantes, admiradora secreta de su felicidad.

There they were walking ways that took them from one bar to another, drinking carefree sips in the company of other forced exiles, forgetting the bitterness and offering smiles to life. Because the only future, at least that night, were the next place to stop and quench their thirst, an ancient thirst for adventures and detachments and winks and love and sex that would calm down a bit with the next sip of beer.

Bums in a bright night, with all their senses except the smell stopped, only being able and willing to smell the sexy perfume of the unknown mysteries to come and voluntarily ignoring completely any hangover of a tomorrow that did not exist yet and who knows if it would ever exist. Because there is no worse hangover than waking up knowing that the day before you missed a great opportunity.

And so they kept walking the streets, drinking, laughing, loving and forgetting in that city that lit them up with bright lights, secret admirer of their happiness.

El capitalismo idiota y el Pin

Hace más o menos un mes, sábado como hoy, me levantaba temprano, a eso de las 6 de la mañana, para un día más postrarme ante el capitalismo vil  e ir a currar a la jodida cafetería, la cual no me voy a molestar en nombrar. Llego dos minutos tarde y veo a mi compañera ya adentro hablando por teléfono. Llamo a la puerta y viene mi otro compañero, quien al abrirme la puerta me salta con un “David, no te lo vas creer”.

Voy hacia la parte de atrás y es cuando veo el percal: puerta de atrás destrozada, puerta de la oficina también forzada y echa mierda, oficina convertida en un lío de papeles, madera rota, archivos desperdigados por el suelo y donde debería estar la caja fuerte ahora solo hay unas marcas de óxido con su forma en el suelo.

Nos sentamos pues en la cafetería esperando a que venga la policía, que se toma su horita y media (total…ya les han robado, deben de pensar) y a nuestro manager (jefe de la tienda) y al district manager (jefe del jefe).

Lo primero que le pregunta el disctrict manager a mi compañera nada más llamarle para hacerle saber que nos han robado es que cuántos estamos ahora mismo en la tienda. Somos tres responde ella. Ah, contesta el otro, pues manda a uno de ellos para casa y así no le tenemos que pagar estas horas. [La pela es la pela]

A la hora y media llega el Agente Smith (una mano en el costado, la otra con un lápiz que se lleva a la boca). Aha, aha, pues parece que sí, que os han robado. Empieza a preguntarnos, que quien cerró el día anterior, que porqué no iba la alarma y demás historias. Incluso se dan una vuelta por el callejón de atrás del que vuelven diciendo que una vecina ha visto a tres personas en un coche azul metiendo una caja fuerte en el maletero. No debió de parecerle sospechoso porque no llamó a las autoridades, la muy corta. Mientras tanto el paisano del laboratorio se calza los guantes y empieza a sacar huellas dactilares con unos polvos negros, a lo más CSI, y el agente Smith sigue explicándonos que el trabajo es “Profesional, muy Profesional”, a lo más Pazos en Airbag.

En estas estamos hablando con los señores agentes cuando aparecen el disctrict manager y mi jefe, que ha debido de venir de empalmada porque le canta el aliento a alcohol, el muy irlandés.  Y nada más entrar, no tiene otra ocurrencia que mirar al suelo y decirme, ¿cerraste tú ayer? porque esto está sucio. Y pasa a recorrerse el lugar de los hechos clamando al cielo que ‘igual no es el momento de decirlo, pero como vengan los del QUASA (un examen que tiene que pasar la tienda anualmente, y luego vamos con esto) no vamos a pasarlo.

En fin, se van los maderos y los respectivos managers nos encomiendan a mi compañera y a mí a empezar a limpiar todo, pues ni se nos pase por la cabeza que hoy no vamos a abrir. Es más, si al final no podemos abrir os vais a quedar aquí dando café gratis a los clientes que vengan. [Y ahí ya se me hinchan los cojones, POP –POP, y me pongo malo y me cago en el capitalismo y la reputa que lo parió]. Cuando llega la hora a la que terminaba mi turno, además, me dicen si me puedo quedar un rato más limpiando… Pues no, me voy a casa a dormir y te quedas tu aquí dando café gratis si quieres. Debería de haber dicho esto, y se me hubieran deshinchado los huevos muy probablemente, pero tan solo le dije que no, que no podía que tenía planes. Y me piré.

Así quedó la cosa. A las pocas semanas estoy currando una mañana en la cafetería solo con mi jefe y llaman por teléfono diciendo que la tía del QUASA está en una tienda de un barrio cercano y que muy probablemente luego venga a la nuestra. Al oír esto mi manager se vuelve loco, o quizás locaza sería la palabra más correcta, y viene corriendo hacia mí diciéndome que tenemos que limpiar todo bien porque va a venir la señora. Y de repente coge un trapo y empieza a matar a ostiazos unas moscas pequeñitas que a veces se posan en las paredes. Esto mientras yo intento servir cafés a los clientes que entran, como si no pasase nada detrás de mí.

En estas estamos cuando viene un cliente, pide un café y al intentar pagar con la tarjeta de crédito, esta no funciona. Me inclino a decirle que puede que sea porque internet no va bien desde que nos robaron y si quiere probar otra vez, cuando de repente viene mi jefe, me quita de un empujón y me dice, ya lo hago yo, ya lo hago, tartamudeando como hace a menudo. Con semblante serio y voz irónica le digo que ya he probado y no funciona y cuando acaba la transacción me llama atrás al almacén y me dice que por qué le hablo de esa manera delante de los clientes. Y otra vez se me hinchan los huevos POP-POP, de una forma que no puede ser muy saludable, y le digo que me hace quedar como un idiota delante de la gente, que para qué viene y me empuja, que encima estoy currando desde las 7 sin descanso y me tengo que quedar más tiempo porque esta la paisana haciendo el examen a la tienda y demás. Y ahí queda la cosa.

Al día siguiente llego a trabajar y mi jefe está en la oficina hablando por teléfono pero se asoma y me tiende un papel y me dice por señas que lo abra. Es una jodida postal con un Pin en forma de taza de café en la que pone Mug Award (Premio) y en la postal me dice que me agradece lo servicial y el buen trabajo que hecho el día anterior mientras examinaban la tienda. Me río de la situación y guardo la postal en la mochila y mi jefe, que ya ha dejado de hablar por teléfono, viene a decirme que cómo es que no me pongo el jodido Pin en el delantal, que es muy importante, que no todos los días da un Pin a la gente.

[Un jodido Pin] 20140913_151943

A estas alturas ya no sabía si se estaba riendo de mí, si estas cosas le pasan a la gente de verdad o si es todo una gran conspiración del capitalismo y sus secuaces para tocarme los cojones.

Y así amigos, de bullshit en bullshit, servidor sigue pasando los días en aras de un futuro mejor.

Cierto día cualquiera…

Tirorarirorariro, tirorarirorariro,… Sobresalto.

4:10 AM. Alcanzo el móvil a mi derecha y apago la alarma. Me cago en la santísima madre del inventor del café, en la reina de Inglaterra y en el rey de España mientras una ligera claridad se entromete por las arrugas de la cortina bajada de mi ventana, que da al número 67 de la calle Tottenham lane en lo alto de una calle en cuesta que por la izquierda va a dar al barrio de Crouch End y por la derecha, a unos 15 minutos andando o exactamente a 4 paradas del bus rojo de dos pisos de la línea regular número 41, a la estación de metro de Turnpike lane, zona 3, en la línea Picadilly de color azul oscuro en los mapas, para más señas.

Poso los pies en mi alfombrilla gris de pelos suaves que le compré por 7 libras a un árabe en una tienda de Wood Green Avenue ante la sensación de malestar que me proporcionaba el levantarme por las mañanas a horas similares y pisar directamente el frío y crujiente suelo de madera de mi habitación. Me pongo mis alpargatas del Primark y voy al baño, viendo que un día más afuera está lloviendo ya que hay un pequeño charco en el hall de mi casa, producido por una gotera que cada día tiene peor color y aspecto ya que el dueño de mi casa hace oídos sordos a las insistentes demandas de mi compañero de piso de que suba y eche un vistazo. O al menos eso dice mi compañero de piso.

Entro en el baño y hago de vientre mientras miro los azulejos con forma de cara de las paredes. Me lavo la cara. Me amaso el quiqui del pelo, que vuelve a su estado inicial nada más quitar la mano. Vuelvo a la habitación, me visto, meto en la mochila todas las nóminas de los meses pasados ya que hoy planeo ir a la oficina de Revenue and Customs para que me digan si me pertenece alguna devolución de tasas y en ese caso hacerla efectiva, porque la pela es la pela. Desayuno un smoothy, un yogur de chocolate y dos galletas, todo ello traído a casa por uno de mis compañeros de piso. Hago una nota mental de comprar más galletas porque me siento culpable ya que se las estoy acabando, aunque previamente hemos quedado en que todo es de todos menos mi jamón serrano, mi lomo y mi chorizo, los cuales están prohibidos para todo el mundo excepto en los días que me siento generoso.

Salgo de casa y espero 4 minutos al autobús 41 que me lleva camino a la parada de Archway. Escucho en ipod dos canciones de The Specials que me descargué ayer porque uno de mis clientes de la cafetería con el que me llevo bien y que es bastante majete es el batería de dicho grupo. Me bajo en Archway y espero 11 minutos al autobús N20 que me lleva camino a la parada de Camden Town. Me bajo en Camden Town stop S y camino 1 minuto hasta Camden Town stop X donde espero 5 minutos hasta que llega el bus 31 que me lleva camino a la parada Primrose Hill Road, donde me bajo. Camino otro minuto y llego al Starbucks donde trabajo, donde espero otros 3 minutos a que llegue mi compañera que tiene las llaves.

Han pasado una hora y veinte minutos exactamente desde que me levantara y ahora empiezo a trabajar. Después de preparar la tienda, las puertas se abren a las 6:00 AM. Comienzan a llegar clientes que van de camino al trabajo. Un gilipollas va de camino al gimnasio. La rutina es la siguiente: Good morning, ¿qué le pongo? – Un café con leche. – ¿What size do you want? – Emm, Grande.- Ok ¿Quiere probar el nuevo café de Kenia que tenemos? – No. El café de siempre.- Ok, señor. ¿Lo toma aquí o para llevar? – Emm, para llevar.- OK ¿Me puede decir su nombre? – Emmm, Gareth.-  Thank you Gareth, ¿Quiere algo más, para desayunar? – Emm, ponme un Blueberry Muffin.- Ok en total van a ser 4 libras con 40. Gracias. Y esta es la rutina con pocas preguntas. Nota mental, si yo fuera un cliente que por alguna siniestra razón viene a las 6 de la mañana a tomar un café y me avasallan con todas las mismas preguntas que me veo obligado a recitar, les mando a tomar por culo y me vuelvo a la cama.

Pasan las horas y van desfilando personajes variopintos. No falta gente maja, tocacojones, clientes regulares que te sorprenden de repente llamándote por tu nombre, el cual, todo hay que decirlo, lo voy mostrando en la chapita negra que cuelga de mi delantal verde. No falta el niño que llora, la torpe que derrama el café en el suelo, la que se lleva el café de otro y hay que repetirlo, Tim Burton afuera caminando cabeza baja mirando al suelo, Toni, el viejete pesado que me habla de fútbol, Brian, un tipo majete que me llama irónicamente Happy David, Frank que al How are you siempre contesta Always Good, Darsi, la niña mimada que para hacerse la interesante toma Cappuccino one and a half shot of coffee, soya milk wet. En fin, no falta nadie.

Ahora ya son las 11:30 y acabo de currar. Me cambió y me voy. Salgo camino de la Oficina de Revenue and Customs, para lo cual tengo que andar 15 minutos y luego coger el bus 24 hasta Warren Street. Me bajo una parada antes porque me confundo. Me jode. Ando y me dirijo al susodicho edificio. Entro, pregunto y no es aquí es la puerta del al lado. Gracias. Salgo. Entro en la puerta de al lado. A la izquierda una hilera de compartimentos abiertos casi todos ocupados por gente hablando por los teléfonos que hay en cada uno de ellos. A la derecha dos mujeres negras sentadas en dos sillas hablando de sus cosas. Hola buenos días, vengo a preguntar si todo está en orden con mis nóminas y si me pertenece una devolución de tasas. La señora me da un papelito en el que está escrito en letras grandes y negras: *191. Me señala la hilera de compartimentos y me dice que vaya a uno vacio y marque el código en el teléfono. Lo hago y se pone un paisano que me da los buenos días y me pregunta qué quiero. Vuelvo a explicar lo que quiero. Me hace varias preguntas más intentando comprobar que digo ser quien soy. Me dice que vale que todo en orden, que me espere un momento que va a comprobar si esta todo en regla con mis tasas. 5 minutos de musiquita.  Me dice que todo en regla con mis tasas y que no me pertenece ninguna devolución. Le doy las gracias y me voy. Nota mental: he tenido que venir a una oficina en el centro para llamar a un teléfono para que un tío me diga que todo en orden. Bien.

Cojo el autobús 134 de camino a Archway. Me siento en el piso de abajo al fondo y se me cierran los párpados. Abro los ojos y una señora mayor se ha sentado en frente. Me mira. Me da igual. Sigo dando cabezadas hasta que llego a Archway station. Me bajo. Veo que aún no viene el bus 41. Cruzo la calle y entro en el supermercado. Compro las galletas, naranjas y plátanos porque hay que comer sano y dos tubos de patatas Pringels porque están de oferta y si compras uno el otro sale gratis. Pago y salgo. Espero al bus 41. Cuando llega me monto, abro uno de los tubos de Pringels y como alguna. Pienso si cuando llegue a casa me voy a echar la siesta directamente o voy a comer primero. Cuando llego a casa finalmente como primero dos envases de pasta con chorizo que mi compañero de piso trajo ayer de su tienda, porque le dejan llevarse comida que va a caducar.

Termino de comer. Me voy a mi habitación. Me pongo el pijama y me duermo. Son las 2 PM. Me despierto a las 5 PM. Me quedo en la cama, enciendo el ordenador y veo una película. Acaba la película, me levanto y me voy al sofá con el ordenador.

Son las 20:04 PM. Acabo de escribir esto. Abro una cerveza.

Tirorarirorariro, tirorarirorariro, Startle.

4:10 AM. I reach the phone at my right and I turn off the alarm. Fuck the blessed mother of the inventor of coffee, the queen of England and the King of Spain while some light intrudes by the wrinkles of the curtains of my window, which overlooks the number 67 of Tottenham lane in the top of a street that on the left faces Crouch End neighborhood and on the right, about 15 minutes walk or just 4 stops of the red double decker bus of the regular line number 41, the underground station Turnpike lane, zone 3, on the Picadilly line dark blue colour on the maps, to be exact.

I step in my grey soft custom rug that ties the room together which I bought for £7 to an Arab in Wood Green Avenue just because the feeling of unease that I use to feel some similar mornings when I directly step on the cold and crispy wood floor of my room. I wear my sandals from Primark and I go to the bathroom, seeing that today it’s raining outside as there is a small puddle in the hall of my house, produced by a leak that each day has worse color and appearance as the owner of my house is deaf to the insistent demands of my flatmate to come up and take a look. Or so says my flatmate.

I go into the bathroom and shit while I look to the face shapes of the walls. I wash my face. I try to comb my messy hair, which returns to its initial state immediately after I remove my hand. I return to the room, get dressed, put in the backpack all payrolls of the past months because today I am planning to go to the office of Revenue and Customs to ask if I have any tax refund and then make it effective, because money is money. For breakfast I have a smoothy, a chocolate yogurt and two chocolate cookies, all brought home by one of my flatmates. I make a mental note to buy more cookies as I feel guilty because im finishing with them, although we have previously stayed that everything belongs to everybody but not my jamon serrano, my lomo ibérico and my chorizo, which are banned for everyone except the days I’m feeling generous.

I leave home and I wait four minutes to bus 41 which takes me to Archway. I listen two songs from The Specials im my ipod which I downloaded yesterday because one of the customers with whom I get along well and is quite nice guy is the drummer of the band. I wait for another 11 minutes in Archway to the N20 bus that takes me to Camden Town. I get off the bus on Camden Town stop S and walk 1 minute to Camden Town stop X where I wait 5 minutes more until the bus 31 comes and takes me to Primrose Hill Road, where I get off again and walk 1 minute to the coffee shop where I work. Then I wait 3 more minutes for my colleague as she has the keys.

Exactly an hour and twenty minutes after I got up I start working. After preparing the store, the doors open at 6:00 AM. Customers start coming on their way to work. An asshole is on his way to the gym. The routine is as follows: Good morning, what would you have? – A latte. – What size do you want? – Emm, Grande -. Okay Want to try the new Kenyan coffee we have? – No. The usual coffee-. Okay, sir. Do you take it here or to go? – Emm, take away -. OK. Can you tell me your name? – Um, Gareth -. Thank you Gareth, would you like anything else for breakfast? – Emm, get me a Blueberry Muffin -. Ok total will be 4 pounds 40 Thanks. And this is the routine with few questions. Mental note, if I were a customer that for some strange reason comes at 6 am in the morning for coffee and I am overwhelmed with all the same questions I am compelled to recite, I would say fuck you all and would go back to sleep.

Time flies and characters pass by. Nice folks, ‘balls breakers’, regular customers that surprise you suddenly calling you by your name, which, I must say, I’m showing hanging from my green apron. Some child crying, awkward guy spilling coffee on the floor, the one who takes the wrong coffee, Tim Burton walking out head down looking at the floor, Toni, old nice fella talking about football, Brian, a cool guy who calls me ironically Happy David, Frank who always answers to my ‘How are you’ with an ‘always Good’, Darsi, the spoiled girl that just to feel herself more interesting asks for a Cappuccino, one and a half shot of coffee, soya milk, wet. Everybody is there.

So now is already 11:30 and I finish. I change my clothes and leave. I go to the Revenue and Customs Office, for which I have to walk 15 minutes and then take bus 24 to Warren Street. I stop in the previous stop. It sucks. I walk into the building. I ask in reception and this is not the place, is the next door. Thank you. I go next door and get inside. To the left a row of open compartments almost all occupied by people talking on phones that are in each one of them. To the right two black women sitting on two chairs talking about their lifes. Hi, good morning , I come to ask if everything is in order with my payroll and if I should ask for a tax refund. The lady hands me a slip of paper on which is written in big black letters: * 191. She points her finger to the row of compartments and tells me to go to an empty one and enter the code on the phone . I do so and suddenly a guy start talking and asks me what I want. Again I explain what I want . He makes ​several more questions trying to verify my identity, then tells me to wait so he will check if everything is ok with my payrolls. Music sounds for 5 minutes. Finally he tells me everything is in order with my taxes and I do not have right to any tax refund. I thank him for the info and leave. Mental note: I had to come to an office in the center to make a phone call so a guy can tell me that everything is in order with my taxes. Interesting.

I take the 134 bus to Archway Road. I sit down at the bottom of the down floor and my eyelids start getting tired. I open my eyes and an old lady is sitting in front of me. She looks at me. I do not give a shit. I keep nodding until I get to Archway station. I get off. I see that the bus 41  is not there yet. I cross the street and walk into the supermarket. I buy cookies, oranges and bananas because you have to eat healthy and two tubes of Pringels because are on sale and if you buy one the other is for free. I pay and leave. I wait for the 41 bus. It arrives and I get in. I start thinking wether when I get home I’m going directly for a nap or I’ll eat first. When I get home finally I eat two packages of pasta with chorizo that my flatmate brought yesterday.

I finish eating. I go to my room. I wear pijamas and I sleep. It’s 2 PM. I wake up at 5 PM. I stay in bed, I turn on the computer and watch a movie. Finish the movie, I get up and go to the couch with the computer.

Is already 20:04 PM. I finish writing this bullshit. I drink a beer.

El Español

Día de trabajo, a eso de las 11 y media o 12. Vuelvo al lío después de mi descanso y me encuentro con una compañera coreana muy simpática pero muy personaje, bastante empanada, diciendo a otra compañera que no entiende lo que dice el cliente.

El cliente es un hombre de pelo cano de unos 60 – 65 años, con cara de estársele hinchando los cojones.

Vuelvo yo diplomático después de mi merecido descanso y observo la situación aparte, callado, esperando acontecimientos. Observo una vez más al cliente:  gesto muy característico, nariz arrugada, agitando el dorso de la mano al viento en dirección  a mi compañera. Desmoralizado.

Y es cuando le oigo espetar: “Bah…lo que sea”, en español.

Entro en escena y hablando en mi lengua madre le pregunto si es español. Brillo en los ojos. Halo de esperanza. “Sí”, me contesta.

– ¿Y que es lo que quiere? – , interrogo.

Manos al cielo.

– ¡Un café con leche!

Day at work. About 11 or 12 pm. Coming back from my break and I find my korean colleague, very nice, but little bit confused, saying to another partner that she doesn’t understant what is the customer asking for.

The customer is a man, white hair, 60-65 years old and his face is saying that is about to swear in the name of God.

I’m coming back very chilled out, and I observe the situation on the side, just waiting to see what happens. I look once again to the customer: wrinkled nose, saking the back of his hand in the air on the direction to my korean colleague. Demoralized.

And the I hear him saying in spanish something like ” Bah, whatever”.

Then I break into the scene and I ask him in spanish if he is from Spain. His eyes shine. Halo of hope. “Yes”, he answers me.

– So what do you want? – I say.

– Coffee with milk!!

La vida triste y cómica

Para empezar: sí, he vuelto a los inicios. Aquellos años locos cuando la vida sabía a cerveza y entre trago y trago (y fueron muchos) se me ocurrió abrir un blog para ir contando aventuras. Y ante la escasez manifiesta de ocurrencias para darle un nombre, finalmente opté por el mítico “Aclarando la mente”, que era por aquel entonces lo que trataba de hacer, tratar de esclarecer los caminos por donde ir tirando (si se quiere decir así), y lo que sigo haciendo hoy en día, siete años después.

Me acordé el otro día que durante el verano, uno de esos inmundos días de trabajo en la fábrica para ganarme unos cuartos, un compañero de mi padre me preguntó si seguía escribiendo “el… ¿cómo se llamaba?… sí hombre, el blog ese tuyo… Aclarando la mente, coño”. Y me di cuenta que el nombre incluso había llegado a tener recorrido. Y por eso hoy, como decía al empezar, vuelvo  a los inicios y este blog se vuelve a llamar así.

Dicho esto, vamos a lo que vamos. La comicidad de lo triste. El heroísmo de espíritu subyacente en todas las desventuras y malaventuras de la vida de los que al final, como decía en algún post anterior, solo le queda a uno reírse y espetar un gran y sagrado “Fuck it”, que lo termina por arreglar todo.

Pinceladas ínfimas y risibles que pasarían totalmente desapercibidas en el devenir del día a día si no fuera por esta manía mía de fijarme en los detalles y tratar de extraer de ellos augurios del destino. Como el otro día sin ir más lejos, caminando el pequeño trayecto matinal que va de la cocina a mi cuarto, con los ojos legañosos y las manos ocupadas con el desayuno, se me fue a caer una tostada en el suelo. Y cuál es mi sorpresa cuando después del oportuno “su puta madre”, miro al suelo y la tostada ha caído por el lado sin untar. Acojonado. No supe que pensar, si era un presagio optimista o pesimista, y luego de camino al trabajo fui fijándome por la calle en referencias que dieran fe de que había entrado en una dimensión alternativa. Pero no, al final todo resultó seguir siendo la misma mierda de siempre.

Otro día, a las santas cinco de la mañana (se dice pronto), camino un día más del curro, crucé la carretera y vi el cadáver de un zorro, aplastado en el medio de la calzada, que parecía que se me quedaba mirando, aunque puede ser que el que se quedara mirando a él fuera yo. En fin, que me dio por pensar en ese detalle de la biografía del gran Jim Morrison, que dice que cuando era niño vio como acababan de atropellar a un indio en algún lugar del desierto americano y que el espíritu del susodicho se metió en su cuerpo, acompañándole desde entonces hasta su muerte en una bañera parisina a los 27 años (edad que yo cumplí hace poco). Pensamientos extraños, lo sé.

Mal augurio o no, el caso es que más o menos desde entonces un poste telefónico, o algo que tiene que ver con mi conexión a internet en mi teléfono móvil, se ha averiado en la zona donde vivo y allá como en la edad media, vivo en un mundo analógico, ya que en mi casa no tengo (como diría Enjuto) interneeeeeeé. Y ojo, que por no tener no tengo ni enchufe en el baño y uno se tiene que arreglar con maquinilla eléctrica (que no afeitar) la querida barba en mi habitación, previo acondicionamiento del lugar con papeles de periódico y una palangana llena de agua que me toca llevar del baño al cuarto entre juramentos y, una vez más, los oportunos “su puta madre”.

Y es que bendita casa la mía que no tiene internet pero le sobran arreglos. El otro día llamó a la puerta un gafapasta pelibarbo leñador, que resultó ser el vecino de abajo, preguntando si me había duchado durante las dos horas previas. Extrañado ante tal cuestión finalmente acerté a contestarle que daba la casualidad de que no y entonces el susodicho me vino a contar que le estaba cayendo el diluvio universal en forma de gotera y que intentará no usar el agua hasta la llegada del fontanero. Y así pasé un fin de semana salpicándome los sobacos con agua fría.

Y uno sigue aguantando, estoico, estas cosas que le pasan. Como también cuando la india con la que comparte el piso tuvo la feliz idea de comprarse un helado y ante la falta de congelador, lo metió en el frigorífico, eso sí, subiendo la temperatura al tope y congelando a su paso todos mis tomates cherry, mis mandarinas y hasta mi jodido jamón york. Solo gracias a que hacía escasos días se me había acabado el chorizo no hubo que lamentar un crimen en el vecindario.

En fin, pequeños detalles tocacojoniles de los que al final solo le queda a uno reírse y recitar la plegaria diaria. “Fuck it”.

To begin: yes, I’m back to the beginning. Those crazy years when life tasted to beer and between drinks (and there were many) I happened to open a blog writing my adventures. And given the manifest lack of occurrences to give it a name, I finally opted for the mythical “Clearing my mind” which was, at that time, what I was trying to do, trying to clarify the paths that get by (if you say so), and what I am still trying to do today, seven years later.

I remembered the other day that during the summer, one of those evil days of factory work to earn a few euros, a fellow asked me if I was writing “The … what was its name? … Yeah man, the blog of yours… that Aclarando la mente … fuck “. And I realized that the name had even come to be known. And so today, as I said before, I am back to the beginning and this blog recovers his name.

That said, let’s go. The comic point of view of sadness. The heroism of the spirit underlying all the misadventures and misfortunes that at the end, as I said in a previous post, one only can laugh at and spit a great and holy “Fuck it”, which ends up fixing everything.

And laughable tiny brushstrokes that would pass completely unnoticed if not for this hobby of mine noticing the small details and try find out on them portents of fate. Like the other day when walking my regular morning path that goes from the kitchen to my room, bleary eyes and hands busy with breakfast, a toast landed on the floor. And what is my surprise when after appropriate “fuck fuck fuck”, I look down and I saw the toast dropped on the side without spreads. Terrified. Did not know what to think, if it was an optimistic or pessimistic omen, then later on my way to work I was trying to notice on the street references that I was truly in an alternate dimension. But, in the end it turned out to remain the same old shit.

Another day at holy five o’clock in the morning, again on my way to work, I crossed the road and saw the dead body of a fox, crushed in the middle of the road, which seemed to stare at me, although it actually may be me the one staring at him. Anyway, I got to think about that detail of the biography of the great Jim Morrison, which says that as a child he saw how an old Indian chief was run over somewhere in the American dessert and the spirit of the old chief got into his body, accompanying him from then until his death in a Paris bathtub at age 27 (age I turned recently). Strange thoughts, I know.

Bad omen or not, the fact is that more or less since then a telephone post, or something that has to do with my internet connection on my mobile phone, it has been damaged in the area where I live and there, like in the middle ages, I live in an analog world, because in my house I haven’t got internet. And watch out, I don’t even have a miserable plug in the bathroom and I have to ‘fix’ my beautiful beard in my room, pre-conditioning the place with a bunch of newspapers and a basin full of water I have to take from the bathroom between oaths and, once again, the appropriate “fuck fuck fuck”.

Oh lord my holy fucking house! Doesn’t have internet but is full of things ready to fix. The other day someone knocked to my door. He turned to be my neighbor from downstairs, asking if I had showered in the previous two hours. Surprised at this question I happened to finally answer to him that no, I didn’t take a shower. Then he explained me he had a huge leak in his bathroom and kindly asked me to try not to use the water until the arrival of the plumber. And so I spent a weekend splashing my armpits with cold water.

And one is bearing, stoic, these things that happen to him. As well as the Indian with whom he shares the floor had the happy idea of buying an ice cream and in the lack of freezer, she put it in the fridge, raising the temperature at the top and freezing along all my cherry tomatoes, my tangerines and even my fucking ham. Only because few days before I ran out of chorizo that we had not to regret a crime in my house.

Anyway, small details that at the end one is left laughing at and reciting a daily prayer. “Fuck it.”

No curro. No money. I feel free

El último día de curro en el restaurante (y luego vamos a ello) pasó por allí  un chaval español, amigo de un ex compañero (que sí, que luego vamos a ello) y llamó mi atención la conversación en la que el chaval, recién llegado  a Londres y muy decaído, explicaba su pésimo estado de ánimo, lo que le está costando abrirse camino los primeros días en esta jungla y demás.

Oía yo esto y pensaba – ¡Cáspita, pues va a ser que no soy el único! -. Y por esta pésima característica de la miserable condición humana, que se arropa con las penas ajenas sabiendo que uno no está sólo en sus angustias, de repente me di cuenta que me empezaba a sentir mejor.

Lo sé. Soy una mala persona, pero no lo pude evitar.

Y puede decirse que yo me quejaba por vicio, que también, porque al menos había encontrado trabajo rápido (trabajo que ya no tengo y sí, paciencia, que luego lo explico) y tenía un amigo que me estaba dando cobijo por la jeta hasta que encontrara algún lugar donde vivir. Lugar, por cierto, en el que ya estoy pernoctando.

Pero a mí, dejando aparte mi bipolarismo, con ocasionales picos altos y bastantes picos bajos, mis recurrentes estados de melancolía y mis ya famosos impulsos, bautizados como venadas; en fin, mis contradicciones de persona algo particular. A mí, digo, lo que me hacía falta es parar un minuto y darme cuenta de lo que estaba pasando. De sentarme en una silla con una cerveza al lado y decirme a mí mismo – vale chavalote, hazte a la idea de que estás en Londres, una selva urbana. Quítate la boina y espabila. Eso y entendimiento y calor humano. Del que un par de grandes personas (ellos saben quienes son) llegadas en un momento crucial me han aportado.

Y así pues, momentos cerveciles después, colmado de buen humor y dejando atrás las tres semanas iniciales de mamoneos y bullshits en el jodido restaurante en el que me dieron trabajo, uno ya está en condiciones de afrontar todo esto que pasa alrededor algo mejor.

Y vamos a ello. Después de aguantar alguna que otra bobada por parte del pedante “operations manager” del que os hablé y de la manager del restaurante, alguna que otra mala cara que no venía a cuento y alguna mentira espetada en mi propia cara, ya no pude aguantar más ante la enésima bullshit o estupidez de la citada manager y la dije que no volvía. Para ser francos, fue ella la que primero me dijo que me fuera buscando otro trabajo. Pero cuál es mi sorpresa cuando al día siguiente llego y me encuentro con que estoy incluido en el horario de la semana siguiente. Yo, que creía que me iba a la puta calle.

Pero algo no encajaba y es que el horario parecía hecho un poco en la medida exacta del terreno que yo nombraría como “el terreno para putearme”. Así pues, la dije a la amiga manager, que la semana que viene iba a venir su put…que dejaba el curro y que no volvía.

Y con estas, parece ser que me encuentro en la situación que estaba cuando llegué. Bueno no. Peor. Sin curro pero teniendo que pagar la renta. Así, con dos cojones. Como si me sobrara el dinero.

Pero al menos me siento jodidamente bien, al menos hasta la siguiente bullshit de algún manager cabrón.

Y esa es la historia, amigos y amigas, de una semana más en la pérfida Albión.

The last day at work in the restaurant (and then we go with this) a Spanish guy, friend of a former colleague, passed by to talk to him. And I could notice by the conversation they had that the guy, newly come to London, was explaining how upset and how bad was his mood, all because how difficult are this early days in this big urban jungle.

I was listening this and I was thinking – Fuck, so I am not the only one! -. And because of this awful characteristic of the miserable human condition, based on the bad feelings of other people, realizing that one is not alone in the darkness, suddenly I started feeling better.

 I know. I am a bad person. But I could not avoid the feeling.

And I can tell I was complaining for nothing, because at least I had found a job quickly (job that I don’t have anymore, and yes, I will explain this) and I had a friend that was giving me a place to sleep “by the face” until I could find somewhere to live. Place, by the way, that I have already found.

But to me, apart from my bipolarity, with occasional high peaks and low peaks enough, my recurring states of melancholy and my now famous impulses, baptized as “venadas”. In short, my contradictions of a little bit special person. I, what I needed is to stop a minute and realize what was happening. To sit in a chair with a beer in my hand and tell myself – hey man, get the idea that you’re in London, an urban jungle. Take off your beret and shine. That and understanding and warmth. And a couple of great people (they know who they are) arrived at a crucial time and have given to me.

And then, beer moments later, full of good mood and letting go the first three weeks of bullshits in the fucking restaurant where I got my first job, one is already able to cope with all of this a little bit better.

So let’s explain about the job. After enduring some nonsense from the pedantic “operations manager” of which I spoke before and the restaurant manager, an occasional scowl and some lies in my face, I could not take it anymore and I told my manager I was leaving. To be honest, it was she who first told me to look for another job. But what is my surprise when the next day I arrived to the restaurant to find that I am included in the following week’s schedule. Me, who thought I was going to be unemployed.

But I realized something was wrong. Because the schedule actually seemed to be made just to fuck me. So I just said to my manager that next week was going to come to work her fuc…that I was not coming back next week.

So now I am in the same situation as when I first arrived. Well, actually no. Worse. Without a job and the rent coming every two weeks. Just like that. As I am fucking rich.

Pero al menos me siento jodidamente bien, al menos hasta la siguiente bullshit de algún manager cabrón.

And that is the story. One more week in UK.

La vida del paria

Tras dos semanas y unos días, es de rigor pararse un instante y hacer un pequeño balance de este enésimo inicio de nueva vida, esta vez en la tierra que cariñosamente, o no tanto, conocemos como la jodida Pérfida Albión.

Y que mejor momento para ello que hacerlo un viernes por la noche, 1:07 de la mañana, habiendo llegado hace escasa media hora a casa y después de haber trabajado diez horas casi seguidas aguantando a la más variada de las calañas. Y por ende con los ánimos por los suelos y un humor de perro bulldog con bombín inglés y cara de cabrón.

Mañana acaba mi periodo de prueba en el restaurante donde trabajo. Bien. Han sido dos semanas esforzándome bastante para aprenderme el menú, con palabras inglesas y asiáticas de las cuales al principio no entendía ni papa. Que si Kwau Tae Mee, meegorengs y nasigorengs, pak choy, coriander, turmeric  o apron que viene a ser el delantal. Ya ves tú qué cosas.

Y entre tanto yo aquí con un curriculum que dirían “fake”, es decir, más falso que una moneda de 73 peniques, rezando porque se retrase lo máximo posible el día que me manden hacer un mísero café. Sí amigos, así de triste puede llegar a ser la vida. Joder. Si ni sabía cortar las rodajas de lima y naranja en condiciones.

Pues bien, llega hoy un indio de nombre impronunciable que tengo por jefe, o mejor dicho, “operations manager”, como se me presentó el muy pedante y me dice que estoy como en sueños y que espabile. Gilipollas.

Y es que es lo que tiene ser un paria en esta perversa tierra de piratas mancos. Que te tienes que callar la boca y apechugar. Así que media sonrisa, – ok, intentaré hacerlo mejor- y a otro tema. Serás imbécil.

Entre mis cometidos varios de español/empanado/barman/camarero, había uno al que también tenía pánico. Y no era otro que el de coger el teléfono para anotar pedidos de comida para llevar. Sí mis queridos y apreciados lectores, una cosa como esta, tan fútil e insustancial, se convierte en un problema si la persona que está al otro lado de hilo telefónico es un inglés de acento marcado, que a partir de ahora denominaremos como un hijo pródigo de la Gran Bretaña. Una odisea telefónica digna de un gag de otro de los nativos de esta tierra como fue Benny Hill.

Ponerse en situación. Música Benny Hill. Tiriti tiroriroriroriroriro riroriroriroriroriro rí…. Suena el teléfono, Yes, Banana Tree (nombre del restaurante) How can i help you? Todo ello con un acento inglés de Chiclana, que el que va ha hacer el pedido no sabe si ha llamado al restaurante o al equivalente inglés del centro reto. Y a partir de ahí una sarta de palabrejas de las cuales uno va entendiendo lo que puede y al final si tiene anotado el pedido se puede dar con un canto en los dientes.

Hoy, por ejemplo llamó una mujer, pero esta vez no tenía acento inglés sino italiano. Alegría momentánea, hasta empezar a hablar con ella y darme cuenta de que entendía siquiera menos que con un británico. Y encima la oigo decir a la muy figlia di puttana – Non mi capisce e un spagonolo – con un resquemor muy de la toscana. Lo que hay que aguantar, my fucking God.

Y así se pasan los días y las tardes, entre sonrisas obligadas a los clientes, que si thank you very much, aunque haya sido un cliente de mierda que te mira por encima del hombro, que si have a nice evening, aunque no te importe una mierda lo que le pase cuando salga del restaurante y tal y cual.

Pero no todos son malos. La comedia me llama a generalizar, pero la verdad que hay gente simpática, comprensiva y que hasta deja propina. Aunque yo por estar en prácticas todavía no veo un penique. Que vida más triste.

Y terminaré comentando lo que sin ninguna duda es lo peor de estar aquí en está pérfida tierra de cielos grises. No es el tiempo, no. Ni las caras largas prepotentes que te miran con aires de superioridad. Ni los jefes indios pedantes, ni los acentos ingleses imposibles tampoco. No.

Lo peor de todo, queridos amigos y amigas, es que en dos semanas y unos días aquí, me he tenido que afeitar más que en los últimos tres o cuatro años de mi vida, o incluso más.

Mi barba, esa exuberante dama, que asoma cada mañana por los poros de mi cutis y que con la mayor de las penas tengo que hacer desaparecer entre crueles pasadas de baratas cuchillas de usar y tirar. Una herejía que no sé si algún día me podré llegar a perdonar.

Y eso es todo hasta la fecha.

Esto que llamamos vida va pasando semana tras semana y uno se sigue preguntando cada mañana por qué cojones se ha tenido que venir aquí para aguantar tanta mierda.

Pero bueno. Todo sea poner el ambientador y aguantar. Porque nadie dijo que la vida del paria fuera fácil.


No english translation for this one. Too late and to tired.

Comenzar otra vez

Despiertas en habitación ajena. Te frotas los ojos y te asomas a la ventana para observar bajo un cielo gris un paisaje que no reconoces. Te quedas extrañado pensando qué es lo que pasa y de repente te das cuenta de un detalle: los coches circulan en sentido contrario por la carretera.

Ah ya, ya me acuerdo. No ha sido un sueño. Ayer cogí un avión que me trajo a Londres. Otro español a añadir en la larga lista de expatriados. Un paria más en esta colmena gigante de abejas con bombín y paraguas.

Un nuevo destierro voluntario, aunque esta vez algo más forzado. Ya solo para secarse la sensación homicida que calaba hasta los huesos al ver la televisión en España, la impotencia sentida los lunes, los martes, los miércoles, los jueves y los viernes al sol. Un sol que encima terminaré añorando entre días húmedos y grises.

La inercia y la desesperación han provocado este nuevo comienzo en Londres y habrá que aprovecharlo. Hoy es hoy y el temido mañana no existe.

¡Ánimo chaval!

Los Vagabundos del Dharma persisten.

Primrose hill, Londres

You wake up in an strange room. Rubbing your eyes you look out of the window to observe a landscape under a grey sky that you do not recognize. You just stay there, puzzled, wondering what happens and suddenly you realize one thing: the cars are driving the wrong way.

Oh yes, now I remember. It was not a dream. Yesterday I took a plane that brought me to London. One Spanish more to add to the long list of expatriates. An outcast more in this huge hive full of bees with bowler hat and umbrella.

A new voluntary exile, this time a little more forced. Just to try to dry this homicidal feeling that soaked to the bones when watching TV in Spain, the impotence felt on Mondays, Tuesdays, Wednesdays, Thursdays and Fridays in the sun. A sun I will finally miss among these wet and grey days.

The inertia and despair have brought this new beginning in London and I have to make the most of it. Today is today and the feared tomorrow does not exist.

Cheer up kid!

The Dharma bums persist.