Etiquetado: chiang mai

Miscelanea

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Estaba en Chiang Mai (ciudad que si leísteis algunos posts atrás sabréis que no me gusto por encontrarla bastante saturada de turistas) y para salir un poco del caos del centro me fui a dar una vuelta y a callejear por una zona un poco más alejada. Caminando por el arcén de una gran avenida de repente vi un templo y entré. Era una especie de complejo en el que un camino asfaltado separaba a ambos lados dos edificios que parecían destinados a viviendas, el templo estaba al frente al final de la calzada y al lado de este había un pequeño edificio que también parecía un templo pero que en su interior contenía un museo de reliquias de antiguos monjes.

Todo estaba tranquilo y quitando un monje sentado en unas escaleras en uno de los edificios laterales, yo era el único que andaba pululando por allí. Entré en el edificio del museo y estaba echando un vistazo a las reliquias cuando de repente me percato que hay una especie de estatua sentada en una esquina en posición de meditación. Al primer vistazo me pareció un muñeco de cera, totalmente quieto y con las facciones completamente relajadas, y me di cuenta que en el otro extremo había otra más, en la misma posición y también completamente quieta. Aquí es cuando empecé a dudar si eran muñecos de cera de un realismo exagerado o si de hecho eran personas de verdad. Me quedé un rato mirando, absorto, fijándome en su pecho y esperando que este diera muestras de respiración pero tras cinco minutos, ambos monjes no parecían respirar. Aquí es cuando dando un paso al frente para situarme mejor pisé una tabla del suelo que crujió y, sobresaltado, decidí salir del museo para no perturbar la meditación de los monjes.

Todavía dudo si eran muñecos de cera o personas de carne y hueso.

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Hace dos días subía a contracorriente el río Nam Ou, desde Nong Kiau hasta Muang Ngoi Neua. En la barca la mayoría éramos falangs (turistas). Íbamos todos bastante apretados, sentados en unas tablas en el lateral de la barca, mirándonos unos a otros. Era algo incómodo pero el trayecto era de solo una hora, así que no había mayor problema. En frente de mí iba un señor mayor, más de sesenta años, y nada más arrancar empezó a mover las piernas, visiblemente incómodo. Una vez trató de levantarse pero el conductor le avisó de que se sentara hasta que pasásemos unos rápidos. Una vez pasados el hombre se levantó y se abrió paso con cierta dificultad hasta la proa de la barca, donde un hueco en el techo le permitía ponerse de pie. Me imaginé que debido a la edad le dolerían las articulaciones y no le di mayor importancia. Pasado un rato se sentó en el mismo sitio donde se encontraba ahora y me le quedé mirando un rato. De repente se puso blanco y se desvaneció, cayéndose hacia atrás contra algunas mochilas. Un chaval local que estaba a su lado y otro turista le incorporaron con dificultad y le empezaron a masajear el pecho hasta que volvió en sí. Mientras, el conductor de la barca paró en un banco de arena y el hombre ya con algo más de color empezó a vomitar por la borda. Se reanudó el viaje pero el hombre seguía hecho polvo y a ratos volvía a ponerse pálido. Su mujer, a mi lado, impotente y preocupada decía que era diabético pero que no creía que fuera un bajón de azúcar sino un golpe de calor.

Llegamos al pueblo y el hombre se quedó en la barca mientras el chaval local iba en busca de algún médico. Pasado un rato, fui a comer a un restaurante con vistas al rio desde el cual pude ver como el hombre aún seguía tumbado en la barca, que se le llevaba de vuelta río abajo.

Más tarde, en el mismo lugar y tomando un café, empecé a hablar con una chica que estaba en la terraza y que también era española. Resultó ser una enfermera (la única del pueblo) que estaba realizando un voluntariado para una ONG. Era la chica que había tratado al señor y que había aconsejado llevársele de vuelta a Luang Prabang (1 hora en barca más 3 en minibús), pues los síntomas eran de un pequeño infarto al corazón.

La chica me contó que en el pueblo tienen poquísimos recursos, por no decir ninguno. Si la gente enferma, se muere y punto. Tampoco es un problema mayor. La muerte es una parte más de la vida. Daba la casualidad que en el pueblo llevaban tres días de celebraciones por la muerte de un paisano. La gente se extrañaba al contarle la enfermera española que en Occidente la muerte es una tragedia. ¿Pero no lo celebráis ni un solo día?, le habían preguntado.

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Pakbeng es un pueblo del norte de Laos a orillas del Mekong. Es la parada que hace el “slow boat” que viene desde la frontera de Tailandia y llega a Luang Prabang. Tras pasar una noche allí y con un nuevo día de trayecto en el barco por delante hasta llegar a nuestro destino, una pareja inglesa que había conocido antes y un servidor, compramos una botella de Lao Lao (whisky de arroz típico de Laos, bastante fuerte) para pasar mejor el tiempo. Y sorbo a sorbo fueron pasando las horas.

Llegados a Luang Prabang nos dirigimos al centro y preguntando en los hostales nos dimos cuenta que iba a estar difícil encontrar alojamiento para esa noche, pues aún seguían las celebraciones del año nuevo chino y todo estaba lleno.

Aún esperanzados y con el buen humor por delante, decidimos comenzar un pequeño juego: por cada hostal en el que nos dijeran que estaban completos, chupito de Lao Lao. Tras dos horas de infructuosa búsqueda y con el Lao Lao a la mitad, un paisano paró su tuk-tuk (moto con remolque) frente a nosotros y nos preguntó si necesitábamos habitación. Nos montamos con él y nos llevó a las afueras de la ciudad, una zona ya sin el menor rastro de turistas, y tras una parada en otro hostal que también estaba completo, nos llevó a una especie de casa en la que al parecer tenían una habitación disponible. Toby, mi amigo inglés, se bajó del tuk-tuk para echar un ojo mientras su mujer Rachel y yo nos quedábamos esperando con las mochilas. Al rato vino y apoyándose en el lateral del tuk-tuk, sudando Lao Lao, nos dijo: “La habitación es horrible y muy cara, pero le he dicho que nos quedamos esta noche”.

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Más tarde, una vez de vuelta del centro ya con una habitación en condiciones reservada para el día siguiente, nos dimos cuenta de que el piso de arriba era un burdel. De cualquier manera, el Lao Lao desconectó mi cerebro y esa noche, a pesar de la mierda en las paredes, dormí como un tronco.

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I was in Chiang Mai (city that if you read few posts back you know that I didn’t like as it was quite saturated of tourists) and just to forget a little bit the chaos of the city center I went for a walk out of there. Walking along the side of a main avenue suddenly I saw a temple and I just went in. It was a kind of complex with an asphalt road and in the sides there were housing buildings, the temple was in the front at the end of the road and next to it was a small building that also looked like a temple but actually it contained inside a museum of relics of ancient monks.

It was quiet and apart from a monk sitting on the stairs in one of the side buildings, I was the only one who was wandering about. I went into the museum building and I was taking a look to the relics when suddenly I realized that there was a kind of statue sitting in a corner in a meditating position. At first glance it seemed like a wax statue, completely still with relaxed factions in the face, and actually I realized that in the opposite corner there was another one, in the same position and completely still too. Here is when I began to doubt whether the wax statues were made so perfectly or they were actually real people. I stood for a moment looking if their chests were breathing but after five minutes, both monks did not seem to breathe. Then I moved and stepped on a floorboard that creaked and, startled, I decided to leave the museum to avoid disturbing the meditating monks.

I still doubt whether they were wax statues or real flesh and bone people.

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Two days ago I was in a boat going up the Nam Ou river from Muang Khiaw to Muang Ngoi Neua. On the boat we were mostly falangs (tourists). We were all sitting tight, quite uncomfortable but the ride was only an hour, so there was no major problem. In front of me was an older man, over sixty years, who as soon as the boat departed started to move his legs, clearly feeling uncomfortable. He once tried to get up but the driver told him to sit down until the boat would pass some rapids. Then the man got up and made his way with difficulty to the bow of the boat, where a hole in the roof allowed him to stand up. I figured that because of his age his legs would hurt. After a while he sat down again in the same place where he was now and I stared at him for a while. Suddenly he turned white and fainted, falling back against some backpacks. A local guy and a tourist help him to incorporate and began massaging his chest. Meanwhile, the driver of the boat stopped at a sandbar where the man began to vomit overboard. We kept going after a while but the man was knackered and sometimes turned pale again. His wife, helpless and worried, said he was diabetic but she thought it was probably a heatstroke.

We arrived at the village and the man stood in the boat while the local guy went in search of a doctor. After a while, I went to eat at a restaurant overlooking the river from which I could see the man still lying on the boat that eventually brought him back downstream.

Later on I was in the same place having a coffee and I started talking to a Spanish girl who was also there. She happened to be a nurse (the only one in the village) who was doing some volunteer work for an NGO. It was the girl who had checked on the man and had advised carry him back to Luang Prabang (1 hour by boat plus 3 hours by minibus) because the symptoms were of a small heart attack.
The girl told me that they have very few resources. If people are sick, they die, period. It is not a major problem. Death is a part of life. Actually, when I was there people were celebrating the death of someone. People were confused when the Spanish nurse was telling them that for us death is a tragedy. But don’t you celebrate a single day? they asked her.

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Pakbeng is a town in northern Laos along the Mekong River. It is where the “slow boat” stops when coming from the border of Thailand in the way to Luang Prabang. After spending a night there and a new day boat ride ahead until we would reach our destination, an English couple who I had met before and me, bought a bottle of Lao Lao (typical Lao rice whisky, quite strong) to better spend the idle time. And sip by sip the hours went by.

We arrived in Luang Prabang and asking in hostels we realized it would be difficult to find accommodation for the night, as celebrations of the Chinese New Year were still going on and everywhere was full.

Still hopeful and in a good mood, we decided to start a little game: for each hostel saying they were full we would drink a shot of Lao Lao. After two hours of fruitless search and the Lao Lao half empty, a fellow stopped his tuk-tuk (motorcycle with trailer) in front of us and asked if we needed a room. He took us to the outskirts of the city, an area with already no trace of tourists, and after a stop at another hostel which was also full, he took us to a house which apparently had a room available. Toby, my English friend, got out of the tuk-tuk to take a look while his wife Rachel and I were left waiting with our backpacks. Soon he came and leaning on the side of the tuk-tuk, sweating Lao Lao, he said: “The room is horrible and very expensive, but I told him we are taking it.”

Later on, once back from the city center and with a decent room already booked for the next day, we realized that upstairs in the house was a brothel. Either way, the Lao Lao disconnected my brain and that night, despite the crap on the walls, I slept like a baby.

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Farangs por el Banana Pancake Trail

“Después de todo, un hombre sin hogar tiene derecho a llorar, pues todas las cosas del mundo se levantan contra él”
Los Vagabundos del Dharma, Jack Kerouac

¿Quizás es que vengo intoxicado del mundo real? Un momento ¿y cuál es el mundo real, ese en el que tengo que trabajar en algo que no me gusta y vivir una vida monótona que me amarga la existencia, o este otro en el que me levanto todas las mañanas con la única obligación de hacer lo que me dé la gana?
Y es que a lo mejor, me preguntaba, venga intoxicado de occidente, con los prejuicios inherentes que todos llevamos con nosotros y que jamás podremos llegar a dejar atrás, aunque quizás sí puede uno llegar a olvidarse de ellos durante un tiempo, como me pasa cuando viajo. Los prejuicios pues, aún circulan por mi sangre envenenada y a veces tengo días malos en los que me molesta todo el mundo y en particular esa gente caucásica de camiseta de tirantes, bañador y gorra levantada que cree que todo esto, Asia me refiero, es un parque de atracciones hecho especialmente para ellos (Banana Pancake Trail). Y no les conozco. Probablemente sea gente con inquietudes más allá de las famosas fiestas de la Luna llena. Aunque no lo demuestran mucho. De todas formas a partir de ahora me propongo a mi mismo ir poco a poco desintoxicándome y volver a la senda del Dude: Abide the style, take it easy, fuck it.

Y tras estas reflexiones personales que no puedo dejar de plasmar para que todos vean lo raro que puedo llegar a ser, os sigo contando un poco como va la senda que he decidido tomar por estas tierras.
Cayendo una vez más en una de mis muchas contradicciones y siguiendo ese Banana Pancake trail (aunque con retoques a mi gusto) del que me quejaba antes, salí de Bangkok en tren hacia P1070419Phitsanulok, una ciudad en el centro de Tailandia. Llegado aquí, la horda de guiris con la que iba en el tren desapareció rápido, camino de sitios más turísticos, y yo por mi parte decidí quedarme una noche y darme una vuelta a ver lo que se veía por allí. Poca historia exceptuando un templo bastante famoso en Tailandia con, la que dicen, la más bonita estatua de Buda del país, una conversación en inglés básico (el mío) con una niñita que estaba estudiando inglés en el colegio y un masaje tailandés, o no sé si describirlo mejor como una paliza que me dio una señorita tailandesa y tras la que llegué a la cama del hostal y perdí la conciencia.

Al día siguiente, el cuerpo como nuevo, autobús hacia Sukhothai, una ciudad a una hora con las ruinas del primer reino tailandés del siglo XIII. Se suponía que por la noche cogería directamente el autobús para venir hasta Chiang Mai, pero después de recorrer las ruinas en bici todo el día tenía las almorranas aplaudiendo y las piernas cansadas así que hice trámites y pasé la noche allí.

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Lo que nos trae hasta Chiang Mai, donde ahora mismo estoy sentado en un hostal rodeado de farangs (que viene a ser “guiri” en tailandés) rubios super guays del paraguay hablando de sus tours con elefantes y sus cursillos de buceo en Ko Tao.

Estoy planeando una jugada para los días venideros que podría salirme bastante bien antes de dejar Tailandia y cruzar a Laos. Pero eso, amigos, cual buena telenovela con un ‘Continuará’ de letras grandes al final del capítulo, ya es otra historia que os contaré en el próximo post.

“After all, a homeless man has reason to cry, everything in the world is pointed against him”
The Dharma Bums, Jack Kerouac

Perhaps it’s that I come intoxicated from the real world? But wait a moment. Which one is the real world, the one where I have to work on something I don’t like and live a monotonous life that bitter my existence, or the one where I wake up every morning with the only obligation of doing whatever I want?
So I was wondering that maybe I come intoxicated from the west, with the inherent prejudices we all carry with us and we can’t leave behind, though one can forget about them for a while, as it happens when I travel. Prejudices therefore still circulating in my poisoned blood and making that sometimes I have bad days when everything bothers me, particularly the tank tops, swimsuits and caps raised caucasian people thinking that all this, I mean Asia, is a recreation park specially made for them (Banana Pancake Trail). And I don’t personally know them. Probably they are people with concerns beyond the Full Moon parties. It doesn’t look much like it though. Anyway, from now on I intend to detoxify myself and return to the path of the Dude: Abide the style, take it easy, fuck it.

And after these personal reflections that I can’t help writing so everybody can see how weird I can be, I will keep telling you how the way I have decided to go around here is going on.
Once again contradicting myself and following this Banana Pancake Trail (with some personal changes) that I complained about before, I left Bangkok by train to Phitsanulok, a city in central Thailand. Once here, the horde of ‘farangs’ coming with me in the train disappeared quickly, in the quest for more touristic places, meanwhile I decided to spend the night and walk around to see what was going on. Not much except a very famous temple in Thailand which people say contains the most beautiful Buddha statue in the country, a basic English conversation (mine) with a little girl who was studying English at school and a Thai massage, or maybe is better described as a hard beating I got from a Thai lady, which made me lose consciousness as soon as I reached the hostel.

The next day, feeling refreshed, I took a new bus to Sukhothai, an hour trip to a town that contains the ruins of the first Thai kingdom of XIII century. I was going to catch a bus the same night to come directly to Chiang Mai, but after touring the ruins all day by bike my piles and my legs made me think it again, so I finally spent the night there.
Which brings us to Chiang Mai, where I am now, sitting in a hostel surrounded by blond super-cool farangs talking about their tours with elephants and their diving courses in Koh Pha Ngan.

I am planning a move for the days ahead that could end pretty well, before leaving Thailand and crossing into Laos. But that, my friends, as in a good soap opera swith a ‘to be continued’ in large letters at the end of the episode, it’s another story I will write about in the next post.